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El aguador vuelve a Madrid

miércoles 30 de mayo de 2018, 21:22h

En los últimos tiempos andaba el Santo Isidro un tanto remolón y bastante despistado. Por estos pagos era costumbre inveterada y gozosa que nuestro Patrón sacramentara la temporada de aguas con abundantes chaparrones primaverales. Una bendición que limpiaba el aire contaminado de Madrid y humedecía los campos de la comunidad madrileña. Un mal día se cerró el gripo del cielo y desde entonces solo se desprendieron de lo alto cuatro gotas mal contadas.

Así hemos vivido algunos años, contemplando como se encogían los ríos y se vaciaban los depósitos y los pantanos. Entre nosotros se había instalado un fenómeno terrible que lleva por nombre sequía y pertinaz por apellido. Muchos labrantíos se agostaron y en las vegas se marchitaron huertos y frutales. En este año que discurre, coronado de nieves y que anuncia esperados bienes, nuestro buen Santo Isidro, hechas las tareas que le ocupaban, fiel a su vocación de humilde labrador, ha llamado a las tormentas por su nombre y las ha colocado sobre nuestras cabezas.

Y así, una tras otra, ancladas en los cielos de Madrid, han descargado aguaceros sin cuento, tan tradicionales como esperados, lúbricos y benéficos. Nos han caído chupas copiosas, propias del mes de mayo y con coincidentes con la onomástica del Santo Isidro, baldeadas por todas partes. No se han salvado del jarreo, sin ir más lejos, las casetas de la Feria del Libro, cubiertas con lonas plateadas cuando llueve sobre ellas.

A pesar de todo, paseantes y compradores comprometidos, entre ellos un servidor de ustedes, hemos visitado con puntualidad ese almacén de sueños acampado en el Parque del Buen Retiro. Un periplo familiar y sabido, nuevo cada año, que discurre por su antiguo Paseo de Coches, ocupado para la ocasión por puestos adosados donde se reúnen las mejores ofertas literarias. Allí se mezclan los autores consagrados, los literatos recién llegados, los políticos excluidos de la vida pública, los hacedores de ventas millonarias y los cantamañanas, afamados y populares, que impostan obritas de colores. De este paraje se sale cargado de poemas e historias por vivir.

Las tormentas vespertinas, como los buenos aficionados, se han citado en la Plaza Monumental de Las Ventas, lugar que acoge a la Feria de Toros más importante del mundo. A pesar de las salpicaduras que encharcan el albero dorado del coso y empapan capotes, muletas, monteras y trajes de luces, en ese círculo mágico se encierran los matadores más artistas y más valientes. A cuerpo limpio, sin más defensa que un trapo rojo y una espada, enfrentados a toros bravos y encastados, pendientes de su temible envestida, deben sortear a la fiera con arte y decisión. De su buen hacer dependen el fracaso silencioso, el triunfo clamoroso y la propia vida del torero.

En estas fechas de brotes tiernos y flores abiertas, de chulapas y chulapos rescatados del ayer, de gentes distintas que se dan la mano y festejan lo bueno que tiene la vida, en estos días de primavera ha vuelto el aguador Isidro. Bienvenido sea.

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