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Caza mayor

miércoles 04 de abril de 2018, 08:07h

En tiempos electorales comienza la temporada de caza mayor. Levantada la veda, se engrasan las escopetas, se ajustan las miras, se descuelgan los ropajes camperos, se guardan en la mochila los útiles necesarios, se pagan las oportunas licencias y se encaminan los pasos hacia el coto preferido. Ha llegado el día de abatir las piezas más codiciadas.

Ya no es el momento de disparar a los animalitos que corretean a la vera de jaras y retamas. Tampoco se tira a las bandadas de pájaros que sobrevuelan los encinares centenarios. Ahora se apunta al jabalí taciturno que rebusca entre los pinos o se acecha al ciervo coronado e inmóvil que se divisa en la loma pelada. Terminada la cacería, las cabezas formidables de las criaturas caídas, reanimadas por la mano experta del taxidermista, con la mirada de cristal fija en el vacío, paralizadas para siempre, colgarán inertes en alguna pared encalada.

Todo lo que acabo de contarles, y mucho más, sucede cuando se avecinan comicios locales o nacionales. Los más ambiciosos tirotean a todo lo que se mueve a su alrededor, sean compañeros o adversarios. Buscan un lugar seguro en las listas y para ello no dudan en cobrarse muestras de caza menor. En otros casos, cuando se apuesta fuerte y la víctima elegida lo merece, se organizan auténticas cacerías políticas.

Con las primeras luces, en la zona acotada, se reagrupan cazadores, monteros, ojeadores y rehalas de perros. En esos casos se persigue un trofeo de caza mayor. También en política se actúa así. En ciertos círculos de poder, partidistas o no, escogen el ejemplar deseado y otros lo encuentran, lo persiguen, lo acorralan y lo cazan. En un recodo del camino se exhiben después, yertos y tiesos, los animales ejecutados.

Esa es la estampa que nos presenta Cristina Cifuentes. Los sabuesos de sus enemigos, jaleados por el griterío reinante, mordisquean ya los tobillos de la Presidenta. Los que buscan su caída han repasado los papeles de su vida y las facturas pendientes. Han buscado debajo de su cama, volteado sus cajones y destripado sus armarios. Cualquier indicio, por pequeño que sea, les vale para empujarla a la charca de la corrupción y la mentira. Quieren que acabe en el limbo de la historia.

Manuela Carmena escucha también los ladridos de la jauría. Le siguen la pista desde que fue elegida como Alcaldesa de Madrid. Esperan a que se desgaste y se agote para hincarle el diente. Los que tiran de la correa saben perfectamente lo que hacen. En su concepto totalitario de la existencia no caben las libertades que se toma Carmena. Los extremistas de Podemos consideran a Carmena un mal menor, sustituible cuando se den las condiciones para ello. Los escopeteros de caza mayor pretenden que las cabezas de Cifuentes y Carmena adornen su salón.

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