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Manuela reina madre Carmena

martes 13 de marzo de 2018, 08:01h

En aquellos tiempos, cuando el profesor se ausentaba, en el aula ardía Troya. En el Madrid de hoy, cuando Manuela Carmena se despista, algunos de sus concejales le montan la de San Quintín. En aquellos días, ya digo, cumplidos los trece años, yo cursaba tercero de secundaria. En ciertas ocasiones, el cura encargado de guardar los pasillos, acechante siempre, golpeaba con los nudillos la puerta de la clase. Una vez dentro, ruda y seca, su voz destemplada espabilaba el sopor vespertino que adormecía al alumnado: “Don Serafín, le llaman al teléfono, es su mujer”.

El profesor se levantaba de inmediato, dejaba sus gafas sobre la mesa, se estiraba el suéter gris y nos dejaba solos. Antes de salir, sin convicción alguna, para quedar bien delante de su vigía ensotanado, nos miraba fijamente y exclamaba: “¡Sigan estudiando en silencio… Menéndez vigile a sus compañeros!” El pobre chico, un primor de estudiante, listo y aplicado, que sabía perfectamente lo que iba a suceder, ascendía a la tarima con cara de pocos amigos.

Hoy en día, ocupada en lo suyo Manuela Carmena, mientras dirige el excelentísimo Ayuntamiento, sus acólitos más consecuentes y disciplinados intentan mantener el buen orden y la cohesión en el grupo municipal de Ahora Madrid. Cuando sus colegas más radicales y disolutos acampan en el monte, impostando la voz y el gesto, simulan una normalidad política que no existe. Por mucho que se empeñen los más fieles a Carmena, es muy complicado encubrir el tumulto interno y las sucesivas replicas que se registran cada dos por tes.

Ausente don Serafín, ya digo, las advertencias del controlador designado no servían para nada. El desorden y la algarabía se apoderaban del lugar. ¡Pobre Menéndez! Algunos chavales corrían por la sala y otros jugaban al escondite entre los abrigos del perchero. Los más puñeteros la emprendían a pescozones con el vecino. Buscando a los compañeros más lejanos, volaban por el aire tizas, borradores, gomas, libros y cuadernos. El más provocador se bajaba los pantalones y enseñaba el culo a la parroquia. Otros improvisaban cerbatanas. Vaciado el bolígrafo, cargado con pelotitas de papel ensalivado, bastaba con apuntar al enemigo cercano y soplar con fuerza por uno de sus extremos.

La jarana terminaba con la vuelta de don Serafín o la intrépida intervención de algún maestro auxiliar. El episodio se saldaba con varias horas extras de estudio, decenas de capones y algún expediente académico, cerrado después sin demasiadas consecuencias. Hoy por hoy, cuando Carmena se descuida, se le alborota el colectivo radical que habita en las filas de Ahora Madrid. Son capaces de convertir las Cabalgatas de Reyes en carnavales étnicos o demostraciones festivaleras de orgullo gay, de desautorizar a la Alcaldesa cuando se compromete con la defensa de las libertades en Venezuela, de apoyar el independentismo catalán en Madrid o de pararle los presupuestos municipales pactados con el Ministerio de Hacienda. Así las cosas, no me extraña que Manuela Carmena no quiera repetir en el papel de reina madre que le reservan los dirigentes más extremistas de Podemos.

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