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Echar el cierre

lunes 26 de febrero de 2018, 07:45h

Aguantaba firme en una de las esquinas de mi calle, abierto siempre a vecinos y transeúntes, repleto de mercancías apetitosas, atendido con amabilidad y conocimiento, cotidiano y próximo. Yo lo frecuentaba a menudo. Un mal día, sin que nadie advirtiera los achaques que sufría, indefenso y solo, se rindió al asedio de las dificultades económicas, la competencia salvaje y los cambios en los usos y costumbres de un vecindario renovado.

Un establecimiento más que cierra, una melladura más en los bajos comerciales de mi barrio, otro hueco inútil y abandonado, sórdido y vacío. Muy pronto el polvo se fijará en sus vitrinas opacas y los pequeños desperdicios se amontonarán tras la verja que clausura su puerta. Y así, lentamente, expulsados de los lugares más cercanos y reconocibles, víctimas de la agonía mercantil que ciega su futuro, van desapareciendo las tiendas de toda la vida.

El catalogo de cierres es muy doloroso: comercios de ropa para mayores y pequeños, zapaterías, jugueterías mágicas, librerías imprescindibles, sastrerías de buen paño, peluquerías de caballero, mercerías, colmados de ultramarinos, viejos mesones, tascas ilustradas o galerías de alimentación. Acosados por las sacrosantas leyes del mercado, sin ayudas administrativas o políticas, se desvanece un universo entrañable que siempre nos pareció imprescindible y que, ahora, según parece, resulta incómodo y vetusto.

La modernidad nada sabe de los buenos tenderos que conocen la vida y milagros de sus clientes, de los precios ajustados, de las cuentas fiadas, de la confianza mutua y de los miles de empleos que pierde el sector cada año. El pequeño comercio ha dejado de ingresar 27.000 millones de euros desde que comenzó la crisis en el año 2008. Desde entonces, más de diez mil negocios han bajado definitiva la persiana.

En las barriadas periféricas de Madrid la desertización comercial es más que evidente. Basta con pasearse por Vallecas, San Blas, Usera, General Ricardos, por poner algunos ejemplos, para contemplar los efectos del desastre. También se aprecia este fenómeno en Chamberí, Tetuán, Bravo Murillo, Centro, Argüelles, Gran Vía y aledaños. En la última década, solo en Madrid, han sucumbido más de 6.000 establecimientos.

Varios son los factores que se han conjurado para dinamitar la supervivencia del comercio de proximidad: la actualización de los alquileres de renta antigua, los problemas de movilidad, los impuestos sobrevenidos, la liberalización de los horarios, la expansión de las grandes superficies, la implantación de supermercados de zona, la proliferación de franquicias y la actividad incontrolable de las plataformas digitales de comercialización y logística.

En la portada del local desocupado aparecerá muy pronto el cartel de SE ALQUILA, o el de SE VENDE, o el de SE TRANSPASA, privándonos a todos de otra referencia vital.

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