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Pisos Patera

miércoles 04 de octubre de 2017, 08:57h

Bandadas de cuervos especuladores sobrevuelan los barrios más céntricos de Madrid. Intuyen, como nadie, la muerte de alguno de los propietarios ancianos que habitan en esas zonas. Revolotean en círculos cerrados, sin perder de vista su objetivo, planeando suavemente sobre el escenario elegido. Reconocido el terreno, se posan muy cerca de la vivienda desocupada y merodean con destreza y sabiduría. Cuando los familiares del finado pretenden capitalizar la herencia recibida, ahí están ellos, dispuestos a jugar con la codicia humana.

Hecho los cálculos pertinentes y acordado el oportuno reparto, los herederos del fallecido desean convertir en billetes el patrimonio legado. En esos casos, la cordada de vendedores se rompe por su parte más débil. Acuciada la comandita por el más necesitado o por el más ambicioso, termina por plegarse a las condiciones que impone el comprador. El piso en venta se despacha por debajo de su cotización mercantil. Lo perdido es menos cuando se reparte entre varios. Los carroñeros lo saben. Apunto está de abrirse un nuevo piso patera.

El flamante inversor afrontará entonces un lavado de cara de la propiedad adquirida. Poca cosa. Lo imprescindible. Renovará las instalaciones eléctricas y sanitarias, reparará alguna ventana o puerta desencajada y limpiará las paredes con una mano de pintura. Después tabicará la vivienda con paneles de yeso, multiplicando así el número de habitaciones disponibles. La mansión original, amplia y despejada, se habrá convertido en un convento monacal repleto de celdas mínimas, dotadas todas ellas con un camastro, una mesita, su correspondiente silla y un pequeño armario. Cada uno de los futuros inquilinos pagará un alquiler mensual, en el mejor de los casos, de cuatrocientos euros. Un negocio redondo.

En pocos años, el avispado mercader habrá recuperado el capital invertido. Encantado con lo hecho, es muy posible que repita la misma operación y monte otro hospedaje clandestino en el mismo barrio. Los vecinos de aquellas fincas donde aparece un piso patera, desprotegidos e inermes, tendrán que soportar un calvario de incomodidades: el trasiego de desconocidos que suben y bajan por las escaleras pertrechados de maletas y mochilas, ascensores inutilizados, juergas hasta bien entrada la noche, humos y malos olores a todas horas, inseguridad permanente y portales abiertos.

Entiendo que la responsabilidad de identificar, autorizar, reglamentar y vigilar este tipo de establecimientos corresponde al Ayuntamiento. Me temo, sin embargo, que nuestro Consistorio no hace nada. Nada sabemos de las presuntas licencias de habitabilidad que deberían concederse, ni de la cantidad de inquilinos que podría concentrarse en cada domicilio, ni de la normas de buena vecindad que deberían imponerse, ni de las medidas de seguridad obligatorias que deberían adoptarse. El descontrol es evidente. La proliferación de pisos patera es un mal endémico que reclaman soluciones: se debe legislar en esa materia y regular la convivencia de los ocupantes con los residentes comunitarios. Se debe analizar también la fiscalidad local que grava, presuntamente, este tipo de comercios y revisar las contribuciones que aportan a cada comunidad. En beneficio de todos, señores regidores, hay que ocuparse de este asunto cuanto antes.

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