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Ahora Madrid vuelve a empezar

viernes 14 de julio de 2017, 08:00h

Andan los podemitas regidores de Madrid ampliando aceras y estrechando calzadas. Asfaltan después y rotulan en el suelo carriles bici y limitaciones extremas de velocidad. En muchos puntos del centro, máquinas y obreros se afanan en esa tarea. Parecen empeñados en una cruzada doméstica que reprima el tráfico privado. Pretenden, según parece, convertir Madrid en un Copenhague gigantesco o en un Berlín en miniatura.

Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones ideológicas de estos diseñadores revolucionarios, aquí hay demasiadas cuestas, infinidad de confluencias, multitud de esquinas, centenares de recovecos callejeros y millones de coches en movimiento. Tampoco, creo yo, que haya muchos madrileños dispuestos a transportarse sobre dos ruedas, enfangándose en invierno y achicharrándose en verano.

Los de Podemos no han inventado nada nuevo. A lo largo de su historia contemporánea Madrid ha soportado, con un estoicismo admirable, cambios de rumbo espectaculares. La paciencia de sus vecinos, ahora y antes, parece inagotable. ¡Qué remedio! Aunque Podamos crea que la narración comienza con ellos y que solo ellos pueden cambiar la realidad, Madrid se viene evolucionando sin su presencia.

El Rey Carlos III transformó un poblachón manchego en un pequeño sucedáneo de París. El Marqués de Salamanca extendió Madrid sobre las huertas que comenzaban en la Puerta de Alcalá. A comienzos del siglo pasado, para unir el centro con el oeste, se trazó la Gran Vía. Se derribaron cientos de casas y en los márgenes de tan extraordinario arteria se levantaron edificios fabulosos.

Terminada la Guerra Civil, una multitud de emigrantes patrios, empujados por el hambre y la miseria, se instalaron en Madrid. Aquella villa familiar y provinciana se convirtió en una populosa urbe, rodeada de asentamientos chabolistas y barriadas de infraviviendas. Con el paso de los años, asentados definitivamente millones de colonos, Madrid se trocó en una metrópolis agobiante. Uno de los peores alcaldes que Madrid ha padecido, Carlos Arias, abanderado del desarrollismo franquista, confiscó a los madrileños sus paseos y bulevares para entregarlos a los automóviles.

Aquellas áreas de esparcimiento se permutaron por vías rápidas de circulación automovilística. El vehículo se comió al peatón. Menos mal que Álvarez del Manzano y Ruiz Gallardón tunelaron pasos subterráneos en los cruces más conflictivos, de lo contrario viviríamos hoy en un Madrid sumergido en un caos circulatorio global. Ahora como si el tiempo se hubiera parado en los años sesenta, Podemos quiere recuperar aquel Madrid perdido. Quiere hacerlo, como tantas otras cosas, improvisando intervenciones puntuales, sin tener en cuenta los conflictos que tales cambios provocan en el torno urbano afectado.

Actúan sin ofrecernos una idea del Madrid que pretenden, limitando la capacidad de movimiento de los madrileños motorizados que habitan en la almendra central, paganos todos ellos del impuesto de circulación, de las tasas por aparcar en las calles reguladas y de los arbitrios que se cargan a las comunidades con garaje. Si quieren suprimir, señores de Podemos, el tráfico privado háganlo y asuman las consecuencias electorales que esa medida tendría. Si no es así, no le compliquen más la vida a la ciudadanía.

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