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Declaraciones de impotencia

martes 24 de enero de 2017, 18:03h

En la Conferencia del martes pasado varios presidentes socialistas aprovecharon la oportunidad para criticar el modelo impositivo de Madrid aduciendo que les dificulta la financiación de los servicios públicos básicos en sus Comunidades Autónomas. Proponen una armonización fiscal, eso sí, al alza, para que Madrid suba los impuestos.

Estas declaraciones muestran por un lado cierta improvisación ya que el instrumento para hacer sostenibles los servicios públicos es la financiación autonómica, y por otro, un grave desconocimiento sobre política fiscal, porque ésta no solo tiene una finalidad recaudatoria, sino, mas importante aún, una función estimuladora de la actividad económica. No resulta extraño por tanto que puedan afirmar sin pestañear que "si Madrid puede bajar los impuestos es porque está sobrefinanciada", cuando, en todo caso, sería al revés: se bajan los impuestos para estimular la economía, recaudar más, y compensar así la infrafinanciacion de la Comunidad de Madrid.

Los presidentes socialistas no pueden ignorar que, cuando pasamos de un estado centralizado a uno descentralizado, a las Comunidades Autónomas se les concedió una función no solo administrativa, sino política, lo que supone, entre otras competencias, una cierta autonomía fiscal, compatible con la necesaria igualdad de los españoles en el acceso a los servicios básicos mínimos en todo el territorio nacional, que es un mandato constitucional (artículos 133.2, 157 y 158 CE).

Precisamente por esto llama la atención la original excusa que han utilizado: la capitalidad de Madrid.

Parecen caer ahora en la cuenta de que Madrid es la capital, pero olvidan que no hace mucho tiempo era, en palabras de Camilo José Cela, "un poblachón manchego, lleno de subsecretarios". Por ello los socialistas durante el debate constitucional configuraron Madrid como comunidad autónoma, con el propósito de que siempre les fuera propicia. Y así fue hasta 1991 en la ciudad, y hasta 1995 en la Comunidad de Madrid. No pasó mucho tiempo para que las cosas cambiaran porque en 2001 Pascual Maragall declaraba: "Antes Madrid era la capital política; Barcelona y Bilbao, y luego Valencia, las capitales industriales y económicas. Ahora figura que es al revés. Ahora Madrid es antes que nada la capital económica, la capital de la innovación y de la nueva economía, mientras que el poder político se ha descentralizado".

Las reglas del juego son iguales para todas las Comunidades Autónomas: todas tienen la misma capacidad normativa y autonomía fiscal. Distinto sería si Madrid disfrutara de mayores competencias fiscales, como ocurre en los regímenes forales, pero no es el caso.

Por tanto, las que han hecho los presidentes autonómicos son solo declaraciones de impotencia. Solamente desde un estado de profunda frustración se puede hacer a Madrid el regalo de calificarla como "paraíso fiscal", reconociendo así el éxito del modelo impositivo madrileño. Ante esta realidad cabrían dos posturas lógicas: o imitarlo, o dar la batalla ideológica desde la izquierda para, subiendo impuestos, recaudar más.

Pues ni una cosa ni la otra: Susana Díaz no quiere bajar los impuestos a los andaluces , quiere subírselos a los madrileños (?). Si así fuera, Madrid sufriría una reducción de ingresos fiscales ya que el efecto recaudatorio de la subida impositiva sería mucho menor que su efecto desincentivador sobre el crecimiento económico. Y todos saldríamos perdiendo. Ya sabemos lo que, de tener la oportunidad, haría en España.

Los presidentes socialistas no alcanzan a comprender que el éxito del modelo fiscal de Madrid no consiste solo en cuantificar lo que a los ciudadanos les supone la rebaja de impuestos -que también-, sino principalmente al efecto multiplicador que para el estímulo de la actividad económica y el incremento del empleo supone, dentro por supuesto de una política económica general de disciplina y estabilización presupuestaria.

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