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Castañas calientes para todos

Por Fernando González
lunes 09 de enero de 2017, 07:58h

Apostado en la esquina de mi calle, el castañero vuelve a despachar su mercancía asada y calentita. Con una pericia admirable, paleta en mano, remueve y voltea las castañas para que se chamusquen por las dos caras. De vez en cuando, un chasquido seco nos advierte que una de ellas va a reventar. El fruto se abre y expulsa una ventosidad breve que aviva las brasas del hornillo vertical. Se adivinan entonces los rescoldos enrojecidos que se consumen bajo la parrilla agujereada del asador.

Desmontado el decorado luminoso que alegró las Navidades, nuestro personaje permanece en su sitio, como una muestra solitaria de nuestras tradiciones populares. Me acerco al puesto para calentarme un ratito al resguardo de su particular estufa. Con el ánimo de disimular el atrevimiento, intercambio un saludo rutinario con el castañero. “¡Vaya rasca que hace!”. “Mucho frío, sí señor”, me contesta displicente. Por fin, para compensar al vendedor, invierto unos euros en su pequeño negocio.

Sin temor a quemarse, protegido con gruesos guantes, el hombre escoge seis castañas y las mete en un cucurucho de papel. Mientras me lo entrega, adorna la maniobra con un chascarrillo conocido: “¡Calentitas, oiga!”. Abonado el pedido, reanudo el paseo atesorando entre mis manos el reconfortante paquetito. Me pregunto entonces por la cantidad de castañas calientes que le correspondería a cada uno de nuestros dirigentes políticos.

A Manuela Carmena un par de docenas. Está la mujer sin presupuestos, apaciguando a sus colegas de Ahora Madrid, con la ciudad a medio limpiar, contaminada con el anticiclón y congestionada por los coches. Además, sigue sin resolver la reordenación de Chamartín, operación de la que dependen decenas de miles de puestos de trabajo y una inversión considerable. El tiempo pasa y nuestra Alcaldesa corre el riesgo de perderse en la historia pequeña de Madrid. No tendrá siquiera un parque con su nombre, porque no se ha distinguido precisamente por arborizar y ajardinar nuestra ciudad.

“¡Óigame doña Cristina Cifuentes, calentitas las vendo!” También recibirá su porción de castañas calientes la Presidenta de la Comunidad. Tendrá que mantener su acuerdo de legislatura con Ciudadanos, esencial para ella, aunque sus compañeros del Gobierno de la Nación se empeñen en regatear al partido de Rivera en el Congreso de los Diputados. Deberá ganar también su congreso provincial, imponiéndose a los populares madrileños que la consideran una peligrosa socialdemócrata. Cuidado, señora Cifuentes, con los últimos coletazo de la incombustible Esperanza Aguirre.

“¡Calentitas las traigo, señores socialistas, para entonar el cuerpo! Que hace mucho frío en los sótanos de la oposición”. Diluido el bueno de Gabilondo en las brumas ideológicas del PSOE de Madrid, tarde o temprano, los encargados del Partido Socialista deberán pensar lo que quieren ser de mayores. Pueden continuar zascandileando a la sombra de Podemos, estrategia que les llevaría a la desaparición, o proponerse como una alternativa al centro derecha, recuperando el espacio perdido a la izquierda con propuestas viables y eficaces. En cualquier caso, hoy por hoy, más que castañas asadas, yo repartiría entre sus nuevos líderes un buen saco de patatas calientes.

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