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¿Reformar la Constitución? ¡Pues la libertad de enseñanza ni me la toquen, oiga!

lunes 19 de diciembre de 2016, 16:40h

Un 6 de diciembre más... Una fecha en la que, parodiando a la mítica Cecilia, cabría decir "Cada 6 de diciembre, y como siempre sin tarjeta..." algunos, quizá muchos, incluso demasiados, vuelven a sacar de paseo sus ínfulas reformistas, en ocasiones rupturistas, con el llamado "régimen del 78", es decir, con ese tiempo de convivencia, respeto, reconciliación y prosperidad que se inauguró un tal 6 de diciembre de ese año con la aprobación de nuestra Carta Magna.

Veremos en qué queda todo esto. Personalmente, miedo me da retocar, no digamos romper, algo tan elaborado, tan consensuado y arraigado, tan inestablemente equilibrado como es nuestra mundialmente apreciada y valorada Constitución. Es decir, una construcción sólida y eficaz, útil para varias generaciones de ciudadanos, pero que da la sensación de estar formada por palillos mondadientes, incapaces de sostener el conjunto si tocas tan siquiera uno de ellos.

Por ahora, basten las palabras de nuestra presidenta regional, Cristina Cifuentes, en el acto de celebración del pasado día 2 de diciembre, que en una abarrotada Puerta del Sol proclamó lo de "la Constitución no es el problema, es la solución". Una proclama que, poco después, ha venido sucedida por un mayoritario cántico de reafirmación del texto y un cierto "enfriamiento" del impulso reformista.

En cualquier caso, pase lo que pase, quede claro que buena parte del texto constitucional se asienta sobre principios y derechos declarados como fundamentales por nuestro ordenamiento internacional. Que a nadie se le ocurra, pues, una reforma o incluso un "proceso constituyente" que ponga en duda derechos fundamentales; que ponga en cuestión las libertades individuales; que pueda amenazar uno solo de los elementos que nos conforman como personas libres, como seres humanos. Y entre esos derechos y libertades, que a nadie se le ocurra tocar la libertad de enseñanza.

Que a nadie se le ocurra tocarla, sencillamente, porque sin libertad de enseñanza dejaríamos de ser personas libres; se nos negaría el derecho de pensar, de crecer, de sentir como seres humanos independientes. Y porque sin libertad de enseñanza, que en nuestra España se articula a través del mecanismo de los conciertos, entre otros, estaríamos vulnerando todo el entramado de declaraciones, leyes, principios y directivas internacionales que sustentan nuestro estado de derecho. Y es que, para hablar de libertad de enseñanza, conviene retrotraernos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 o a la Convención de 1950; o a la Convención de 1960 sobre lucha contra la discriminación en el campo de la enseñanza; o al Pacto internacional de los derechos civiles y políticos de 1966; o a la clarificadora Resolución Luster del Parlamento Europeo de 1984, que de forma meridiana plantea que los Estados deben propiciar, junto a la escuela pública, centros libres de enseñanza para que las familias puedan elegir libremente, evitando la discriminación entre escuelas públicas y privadas.

En fin, que veremos en qué acaba todo esto, pero por si acaso, por las razones antedichas y por muchísimas más, ¡la libertad de enseñanza, ni me la toquen!

Emilio Díaz es responsable de Comunicación y Relaciones Institucionales de ECM

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