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Obsesiones municipales

Por Fernando González
jueves 15 de diciembre de 2016, 08:20h

Los tres últimos alcaldes de Madrid, desde Alberto Ruiz-Gallardón a Manuela Carmena, pasando por Ana Botella, han querido convertir nuestra Gran Vía cosmopolita en un sucedáneo de paseo decimonónico. Esta iniciativa, tan recurrente como discutible, forma parte del catálogo de obsesiones municipales que se maneja en el Palacio de Correos. Los tres, uno tras otro, inspirados seguramente por la misma musa transgresora, han decretado probaturas puntuales, pero los gestores de Ahora Madrid pretenden transformar lo provisional en permanente. En lugar de analizar el futuro vial de todo el centro de Madrid y las conexiones indispensables que lo unen con los barrios circundantes, idean soluciones parciales en diferentes zonas de la Villa.

Poco a poco, solapándose las intervenciones que promueven las alcaldías sucesivas, el mapa de Madrid se ha convertido en un manto cartográfico plagado de costurones y parches mal hilvanados. Miren ustedes, cuando se ciega una rambla de agua, la corriente encerrada se desparrama por los alrededores. Cuando se cierra al tráfico la Gran Vía, los coches circulan por donde pueden y se atascan en las Rondas, en los Bulevares, en el Prado y en todas las calles que desembocan en el poniente madrileño. La improvisación y la falta de planificación son dos características singulares de nuestra cultura política.

Las carencias citadas siguen determinando la actividad gestora de nuestras administraciones públicas. La mayoría de ellas se comportan de la siguiente manera: probemos, y si todo sale medianamente bien, se lo vendemos al personal. Si vienen mal dadas, lanzamos una luminaria de colorines y distraemos a la afición. Hubo un alcalde, de nombre Arias Navarro, que destrozó las avenidas más hermosas y elegantes de Madrid. Aquel tipo, años después, presidió el último gobierno de Franco. En la memoria colectiva quedó su imagen, compungida y lagrimosa, anunciado a los españoles la muerte del dictador. Enfermo de desarrollismo franquista, Arias ordenó la desaparición de la inmensa mayoría de los bulevares que adornaban las principales calles madrileñas.

En muy poco tiempo se suprimieron las medianas arboladas y ajardinadas que ocupaban el centro de las calzadas. Aquellos paseos, tan acogedores como decorativos, se sustituyeron por vías de circulación rápidas y continuas. Hoy en día, recuperar el paisaje urbano que caracterizaba, entre otras, a las calles de Velázquez, Serrano, Goya, Francisco Silvela, Sagasta, Alberto Aguilera o Recoletos es prácticamente imposible. Ahora se intenta peatonalizar la Gran Vía para compensar los desastres de antaño. Resulta, a mi juicio, ridículo. Su trazado no se diseñó para tales menesteres.

Atravesando el casco viejo de Madrid, derribando trescientas fincas, eliminando más de quince callejuelas, esta arteria fabulosa se hizo para unir el centro con el oeste. Se construyó a lo largo de veinte años y costó una fortuna. En sus márgenes levantaron edificios colosales, vanguardistas y contemporáneos, que equipararon a Madrid con las grandes capitales del mundo. Siempre circularon por la Gran Vía vehículos y peatones, un binomio perfecto y complementario que ha hecho de ella una avenida bulliciosa, trepidante, glamurosa, atractiva y luminosa. Ahora aspiran a reconvertirla en una gran superficie comercial al aire libre, en un decorado gigantesco arrumbado en el almacén del tiempo, en un malecón sin mar, en un tontódromo familiar de ida y vuelta, en un circuito para corredores sudorosos, patinadores, ciclistas, vendedores ambulantes y artistas callejeros, en un vivero de arbolitos raquíticos y jardineras secas, en una feria de pueblo por las mañanas y en un corredor sombrío y lúgubre cuando cae la noche.

Revitalizar Madrid no debe consistir en desfigurar la fisonomía de lugares muy concretos, más bien pasaría por adaptar nuestra ciudad al futuro y a las nuevas necesidades de nuestros vecinos.

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