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Rodea el Consenso

lunes 31 de octubre de 2016, 08:40h

Múltiples vicisitudes, una larga espera, algunas negociaciones, muy pocas concesiones, muchos insultos, demasiados descréditos, pasados vergonzosos y una parca clase política que nos ha puesto en jaque frente a focos de la opinión internacional, obligaba ya a salir de esta encrucijada sin pasar por la vergüenza mundial de unas terceras elecciones generales.

Tal vez no estemos en el mejor momento político de nuestra historia. Parece que sufrimos de inmadurez democrática por lo vivido durante las varias sesiones de investidura en la Cámara de representación más importante de España.

Quizá tengamos los políticos que merecemos o, en un remoto supuesto, todos hemos debido de hacer algo mal en lo que concierne al respeto, o a considerar respetar alguna vez la Carta Magna que es la Constitución Española; y eso es aplicable a quienes directamente la ignoran, a quienes aplauden acciones alegales, o jalean saltarse la ley a los que se posicionan en superioridad moral; minorías con aires de abrumadoras mayorías.

No seré yo quien anime al respeto constitucional; esa es una cuestión personal, pero creo que va siendo hora de empezar a no mezclar temas. Una cuestión es que individualmente no estemos de acuerdo con lo que piense una mayoría y otra bien distinta es soliviantar todo el sistema democrático cuando las urnas no les otorgan derecho al pisoteo ajeno.

Se ha intentado destruir al partido del Gobierno, más allá de los tribunales que deben hacer su cometido de forma rigurosa e imparcial, pero sin presión mediática constante ni juicios paralelos, diarios, televisivos y escritos; haciendo que el sistema legal sea puesto en entredicho para toda la población.

Se ha intentado ridiculizar a todo aquel que intenta hacer políticas en lugar de armar bochinches o lograr cada vez más cuotas de poder. Un partido centenario se ha partido en dos por los avatares internos, las distintas visiones y los malos ejemplos de la anarquía permitida en materia de legislación múltiple.

Se ha ocultado de manera fehaciente la realidad económica española que impide de manera necesaria y urgente tanto derroche político. Escandaliza por ello la barra libre para determinados manirrotos que tiran de dinero público bajo amenaza de secesión, y que muerden la mano que alimenta su odio, sin que se haga nada especial para remediar esta inaudita situación, mientras colectivos como los autónomos se agotan sin opciones de mejora.

Tenemos gobierno, sí, pero ¿qué tipo de gobierno gobierna esto?

¿Quién analiza que los miles que salieron a rodear el Congreso manifestándose se manifestaban contra el máximo poder de representación nacional en el día en que tres grandes partidos permitían formar gobierno en minoría?

¿Se protesta y denuncia la acción democrática?

¿Es lícito llevar al estrado de la Cámara Baja odios y miserias personales, o se está allí representando a una población que te vota para lograr políticas de mejoras ciudadanas?

¿Se puede jalear desde la representación otorgada en las urnas, dentro, las ofensas y, a la vez, alentar revueltas en las calles?

Todos debemos meditar que respetamos, defendemos o alentamos.

Dejemos de lado etiquetas discriminatorias que segregan el presente fracturando el futuro común, y aceptemos que todos somos dignos de protección y respeto legal, y no solo quienes se creen privilegiados con derecho a todo sin obligación de nada.

El presidente del gobierno hoy o dentro de seis meses tendrá una ardua tarea para hacer respetar la ley y el orden. Los jueces deben hacer lo propio en todo el territorio nacional, por igual, cumpliendo la ley y respetando el estado de derecho para que los ciudadanos recuperen la confianza perdida en sus servidores públicos.

Esto no puede seguir siendo una guerra de guerrillas en las que las diferencias de ideologías políticas se solventen dentro y fuera del Congreso a las bravas, con insultos televisados, odios y ensañamiento. No es bueno para la delicada salud de la libertad democrática.

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