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Reikiavik
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Reikiavik (Foto: Sergio Parra)

‘Reikiavik’: dos reyes y un peón

jueves 01 de octubre de 2015, 14:24h

‘Reikiavik’, que se representa en teatro Valle Inclán, es uno de los textos más interesantes de las últimas temporadas. Juan Mayorga, también director del montaje, ha trazado una historia casi de suspense basada en el enfrentamiento ajedrecístico de Fischer y Spassky. En 1972 ambos disputaron en la capital de Islandia un apasionante campeonato del mundo, que venció el jugador norteamericano. Pero Mayorga, además de ir narrando el desarrollo de las partidas, también nos hace una crónica lúcida sobre la Guerra Fría, la tensión diplomática entre Rusia y Estados Unidos. A veces las paranoias de los representantes de ambas potencias nos hacen reír. Pero, de ninguna manera, el autor desbarra sobre lo ocurrido aquellos años. La estructura dramática de la obra es endiablada por los continuos saltos de localizaciones y de personajes. Sin embargo la historia avanza con una tensión creciente. El mundo de los espías y la aterradora soledad de los dos contendientes, proporcionan un material dramático de primera categoría.

El espectáculo se soporta sobre un magnífico trabajo actoral. Daniel Albaladejo y César Sarachu son dos reyes en este tablero de ajedrez. Elena Rayos es el peón, el personaje que sirve siempre a los mandamases de la partida. Albaladejo y Sarachu se dejan, como se dicen habitualmente, la piel en el escenario. El primero como un ruso descolocado, impulsivo. Su esfuerzo se aprecia a simple vista porque los tenemos encima en la pequeña sala del Valle Inclán. Yo estuve en primera fila y en varias ocasiones me salpicó literalmente el sudor de Albaladejo. César Sarachu nos era desconocido en el teatro español. Y hemos visto una bestia parda, un inmenso intérprete que domina el gesto como pocos. Asombra, por ejemplo, cómo es capaz de transformarse en la bailarina esposa de Spassky. Le bastan una posición de brazos y un pendiente. Su capacidad de llegar al límite, sin traspasarlo nunca, es digna de estudio. Los dos actores merecen cualquiera de los premios que se den en la escena española. No acabo de entender el guiño de tener a una actriz para interpretar al chico. No es un problema de la interpretación, sino de las razones para ese juego. Pero es un pequeño lunar para mí en un espectáculo formidable. Una vez más el buen teatro se consigue con dos de sus elementos fundamentales: la palabra y la interpretación.

Si usted, como espectador, no sabe jugar al ajedrez, no se preocupe. Seguirá la acción con pasión y acabará viendo los saltos del caballo, los desplazamientos de las torres, las posiciones casi inexpugnables de los reyes.

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