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Madrileños virtuales

lunes 03 de agosto de 2015, 22:12h
El cierre del Café Comercial, como el de otros establecimientos tradicionales, es una prueba más del profundo cambio que se va imponiendo en la sociedad madrileña. El vértigo vital apenas deja huecos apacibles en la vida contemporánea de nuestros vecinos. No queda espacio para acomodarse en los veladores de los cafés y disfrutar de la charla con amigos y contertulios ocasionales. Ya no se estilan las sobremesas prolongadas, los cenáculos trasnochadores y las veladas vespertinas destinadas a la conversación y el intercambio de opiniones. Ya no se lleva discutir de lo divido y de lo humano mientras se apura un cafelito con leche acompañado de su copita de aguardiente y su vaso de agua helada.

El tiempo circula incontrolado y en su estela quedan abandonados aquellos lugares que un día habitaron la calma, la contemplación curiosa, la serenidad y la palabra. Así las cosas, a muchos nos parece imposible, aunque lo lamentemos profundamente, recuperarlos para la convivencia ilustrada, adaptarlos a las nuevas modas sin desfigurarlos totalmente o mantenerlos abiertos y vivos. Financiarlos con dinero público se me antoja una entelequia impracticable, siempre habrá otras urgencias sociales que reclamen esa partida presupuestaria.

Por mucho que los nostálgicos nos aferremos a la comodidad de lo conocido, las redes sociales han vuelto el mundo del revés. Ya nada es como era y negarlo convierte a los discrepantes en curiosos imitadores del hombre de las cavernas. Las nuevas tecnologías condicionan las relaciones humanas y cada vez resulta más complicado mantener un diálogo coherente con nuestros semejantes. Los reclamos electrónicos acompañan al pobrecito hablador que intenta hilvanar su discurso: pitidos cortos y persistentes, timbrazos secos y quedos, avisos musicales o silbidos espaciados y sugerentes.

Todos los sobresaltos citados proceden de los pequeños artilugios mediáticos depositados en distintos puntos de la mesa. La mayoría de los interlocutores parecen atentos a la narración, pero no lo están en realidad: se mantienen sumergidos en la nueva dimensión de los internautas. No pueden evitarlo. Miran repetidamente las pantallitas iluminadas de sus móviles y de vez en cuando teclean las respuestas que sus colegas requieren con urgencia. Alguno de los presentes, repentinamente, susurra una frase inexplicable: “mi prima es una cachonda”. Una sonrisa se dibuja en su cara. Acaba de recibir alguna humorada virtual de las muchas que llegan cada día a su terminal.

A todos ellos les importa un rábano lo que decimos losdemás, ellos van y vienen de su particular autismo con una facilidad pasmosa. Y así andamos los agnósticos cibernéticos, acosados por los tuits, ajenos a los circuitos de whatsapp, fuera de los círculos concéntricos de facebook y sin penetrar en la espesa selva de los blocks. Tampoco nos tientan los smartphone, los relojes inteligentes, las pulseras informáticas, las tabletas y los portátiles. Todavía nos sentamos en un café para ver pasar la vida o quedamos con un buen amigo para hablar de cine y de política. Muy pronto, por mucho que nos resistamos, terminaremos también en uno de esos ciber locales quevan sustituyendo a nuestros queridos y obsoletos Cafés.

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