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EL LADO MÁS ÍNTIMO DE LOS MUSEOS

Una restauradora observa con gafas de aumento los trazos de un cuadro de Picasso en el taller de restauración.
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Una restauradora observa con gafas de aumento los trazos de un cuadro de Picasso en el taller de restauración. (Foto: Kike Rincón)

Museo Reina Sofía: un micromundo por descubrir

martes 18 de agosto de 2015, 07:48h

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en pleno corazón de Madrid, es por antonomasia el centro de referencia del arte del siglo XX y contemporáneo de la capital. Incluso los martes, el día que echa el cierre para el público, la vida sigue dentro del edificio, donde se aprovecha la poca afluencia de gente para la puesta a punto del museo.

Al recorrer los pasillos se respira el movimiento propio del trabajo y se aprecia el contraste con el calor de la calle, ya que las estancias se mantienen a una temperatura constante de 21ºC para la correcta conservación de las obras. A pesar de no estar accesible al público, la presencia de trabajadores en el museo, también los martes, impide que el edificio se quede vacío, con profesionales de todo tipo que se encargan de diferentes tareas: desde revisar los ascensores hasta ocultar cualquier rasguño que haya podido aparecer en la pared durante la semana, y lograr así unos espacios pulcros e intactos.

Este martes, en una de las salas, el personal se encarga de enmarcar unas obras que vuelven a la exposición. Todo está perfectamente medido: el espacio entre un cuadro y otro, la colocación de las cartelas explicativas, la altura de la obra… Además, cada uno de los cambios se fotografía, para tener un registro de todo movimiento llevado a cabo en el museo, algo que también sirve como referencia a los trabajadores, para lograr que la exposición vuelva de manera idéntica. “A veces una simple sustitución puede afectar a otras obras, y no debemos interrumpir el lenguaje”, explica Almudena Díez, del departamento de Colecciones, que hoy se encuentra coordinando las tareas. “Cualquier cambio viene acompañado de una transmisión de información enorme, entre departamentos, al público, en la web…”, añade.

Durante este verano, los martes, unos pocos privilegiados pueden acceder a la colección del museo durante la jornada. Son los niños del ‘taller de artista’, un proyecto de colaboración entre pintores y educadores que aprovechan la referencia de las exposiciones temporales para que los más pequeños pongan en práctica sus ideas, dentro de un espacio cultural. La educadora les propone una adivinanza y, en base a ella, los niños averiguan de qué cuadro está hablando. Una vez que lo descubren, el artista les explica la obra.

Los montacargas del museo están directamente conectados con el taller de restauración. Aquí podemos ver como desmontan los marcos y protecciones de los cuadros. Aprovechan especialmente los martes, aunque siguen trabajando el resto de la semana, para hacer todos los movimientos y transportes de obras que necesiten, y con gafas de aumento y técnicas que utilizan todo el espectro de luz (ultravioleta, rayos x, visible, rasante, infrarrojos) estudian la técnica del artista en cuestión.

El pulso de acero de Carmen Muro

Separado del taller de restauración por un único tabique se encuentra el departamento de química, que tampoco descansa los martes. Es el escondite de Carmen Muro, la encargada de la preparación de las muestras. Con la utilización de disolventes y siempre en un ambiente controlado (en una cabina con una atmósfera de nitrógeno) logran conseguir secciones transversales que, a veces, es necesario pulir. Se trata de micromuestras de las obras, pruebas tan minúsculas que solo una persona con un pulso de acero es capaz de manipular. “Los patrones son nuestras muestras de referencia. Gracias a los hidroscópicos podemos preparar las muestras en atmósferas secas”, nos explica Muro. Con un microscopio binocular y una cámara fotográfica integrada consiguen la imagen que necesitan, trabajando con la luz adecuada para el enfoque correcto y con escalas en micras. Además, gracias a la sección transversal de una capa de pintura, micromuestras cogidas con un bisturí, también pueden conocer la técnica de ejecución del artista. “Pequeños granitos de pigmentos consiguen la coloración que ellos (los artistas) tienen”, aclara Carmen Muro.

También las técnicas cromatográficas tienen su espacio en el ‘Reina Sofía’. A través de un sistema de inyección de líquido, que trabaja con microlitros, Carmen accede a un espectro con los componentes separados. Así, a través del cromatismo, puede conocer, entre otras cosas, qué tipo de aceite se ha utilizado en determinada pintura. Pero el trabajo del Museo Reina Sofía no se limita a sus paredes, al igual que Carmen Muro no se limita a la química. Tal y como explica, también trabajan con otros museos para usar equipos de control de plagas. “Cuando una obra llega al museo, lo primero que se hace es un informe de su estado de conservación, así también nos aseguramos de que no tenga ninguna plaga. En el caso de que la haya nos ponemos en contacto con el encargado directo del museo del que procede la obra. Nos suelen pedir que las tratemos. En ese caso, siempre las aislamos”.

Conocer el control de calidad del aire, el estudio de los materiales, saber por qué una obra ‘amarillea’, ocultar el minúsculo arañazo de una pared, comprobar el buen funcionamiento de los ascensores, conseguir una estética perfectamente lograda.... De todo ello trata el micromundo del personal y, al final, de todo el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.


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