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Cuentos como churros: 'Cómo construir un castillo de arena'

martes 23 de junio de 2015, 10:31h

Los escritores Víctor García Antón y Kike Cherta de 'Cuentos como churros' ya tienen listo su primer cuento ganador del mes de junio y que publicamos en este diario digital. Los otros dos relatos que han conseguido los lectores a través del concurso que hicimos en Madridiario, podrán leerlos en julio y agosto. Los dos churreros tienen entre manos buenos ingredientes para crear los mejores cuentos para los 'comensales'.

 

 

ASÍ ES EL PRIMER CUENTO:

Cómo construir un castillo de arena

Yo no quería ser Dios, yo solo quería ayudar a mi hijo a construir un castillo de arena. El pobre es muy pequeñito todavía y le cuesta cargar los cubos de agua. Así que, como padre atento que soy, le enseñé cómo empapar los montones de arena, la forma correcta de perfilar la base del torreón.

Juntos, cavamos el foso que circunvala y protege al castillo. Luego improvisamos una puerta levadiza uniendo palitos de helado. Como en esta vida hay que aprender a ser metódico, le ayudé a construir un sistema de diminutas poleas que sirviera para subir y bajar la mentada puerta ante posibles amenazas. 

Definimos bien las almenas. Construimos con paciencia de alfarero unas gárgolas que causaran temor y respeto a los aldeanos. Paramos para almorzar y, entre gajo de mandarina y cucharada de yogurt, decidimos ampliar las murallas en previsión de una futura catedral. Mi pequeñín aprendió qué es un capitel y qué es una colegiata.

Arcos románicos. Puertas góticas. Una cúpula de diseño octogonal de doble casco que ríete tú de la de Brunelleschi. Escalinatas y plazoletas. ¿Y qué es una plaza sin su estatua ecuestre que rememora una batalla olvidada? Casas de estilo modernista con dos baños, salón, cocina y habitación para los invitados. Barrios de chabolas que se amontonan fuera de los muros y que se expanden como una  mancha de aceite. «Cariño, ¿te importaría quitar la sombrilla? Estoy explicándole a nuestro hijo la problemática de la urbanística actual». Y también: «Disculpe, caballero, ¿podría tomar el sol un poco más allá? Está usted tumbado justo encima de la nueva estación de tren».

Por fin, y llevados solo por un afán perfeccionista («hay que terminar las cosas que uno empieza»), cogimos un poquito de arena mojada y perfilamos una cabeza, dos brazos, un torso. Le pedí a mi niñito que soplase y, al momento, el muñequito abrió los ojos. Nos miró, entre espantado y admirado; en seguida quiso erigir un templo en nuestro honor. Mi niño se empeñó en repetir la jugada, así que preparamos otro muñequito muy parecido al primero, pero de órganos sexuales complementarios. Otro soplido y la luz se hizo. Luego, con voz de trueno, les dijimos: «CRECED Y MULTIPLICAOS».

En seguida les vimos afanarse en sus fornicaciones y sus celos, en sus horas extra y sus carritos de bebé, tan diminutos ellos. Nos quedamos un buen rato embobados, contemplando el burbujear de esa ciudad de arena, con la satisfacción que da el trabajo bien hecho. Por fin, mi mujer se acercó y nos dijo: «A ver, tunantes, tenemos reserva en el chiringuito, no querréis que se enfríe la paella».

Antes de marcharnos, mi niño soltó un gritito extasiado y se abalanzó sobre las murallas. El palacio y la torre del castillo se desmoronaron con una fragilidad cómica. Los diminutos habitantes corrían de acá para allá lanzando alaridos. Yo le hice varias fotos, era un bonito recuerdo, mi hijo estaba monísimo con el mar de fondo. No hay nada más divertido que construir pacientemente un castillo de arena y luego derribarlo con dos patadas.

También podéis leerlo aquí

Más información:

Cuentos como churros: pequeñas historias con grandes ingredientes

 

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