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Dios te ampare peatón

miércoles 29 de abril de 2015, 07:47h

Muchas calles madrileñas se han convertido en tableros del Juego de la Oca. ¿Lo recuerdan? Para llegar a la meta había que superar las trampas ocultas y avanzar rápidamente cuando nuestra ficha caía en la casilla de la oca. Ahora no resulta tan divertido. Andamos por las aceras confiándonos a la suerte, a paso corto, un pie tras otro, en fila india, pegados a la espalda del prójimo, mirando al suelo y sin perder de vista el trecho siguiente. Como en aquel divertimento infantil, trastocados nosotros mismos en actores de la competición, transitamos expuestos a los riesgos imprevistos que nos aguardan en el camino.

Jugamos a la Oca cada vez que salimos a la calle. Podemos caer en la cárcel del infortunio y quedarnos parados en mitad de la vía pública, llegar hasta el puente de la desidia municipal y saltar sobre él, tocarnos la calavera del socavón y retroceder hasta el principio del recorrido, enfangarnos en las aguas del alcantarillado y terminar más debajo de lo previsto o tropezarnos con el ave de la fortuna y zanquear libremente por la ciudad. En muchas ocasiones, por mucho que intentemos sobreponernos a los sobresaltos viarios, son tantos y tan insufribles que nos sentiremos enrolados en esa partida.

Los obstáculos habituales que mejor conozco son aquellos que aparecen cada día en mi barrio. A uno no le queda más remedio que acostumbrarse a su presencia inevitable, por mucho que nos quejemos en público y en privado. A medida que madura la jornada, se multiplican las motos aparcadas en las aceras y las bicicletas encadenadas a los árboles y a las verjas más bajas. A sus dueños les importa muy poco las molestias que los cacharros puedan ocasionar al viandante. Tampoco parecen preocupados por el fenómeno los agentes de movilidad, tan ocupados como están en controlar a los vehículos estacionados en las zonas de pago.

Una nube de polvo se levanta en la esquina. Un ruido estridente retumba en el espacio. Las vallas cortan el paso. Ahí están de nuevo, agujereando el pavimento, excavando zanjas interminables, levantando taludes de tierra húmeda y maloliente. En el lugar se almacenan casetas de obra, herramientas mecánicas, montoneras de piedras, tubos y cables, placas metálicas, pequeñas hormigoneras y volquetes rebosantes de arena. En pocas horas nuestro paisaje urbano se habrá convertido en un desfiladero intransitable. Hoy puede ser la luz, mañana el gas, pasado mañana el agua y la semana que viene la fibra telefónica. Nuestro entorno se abre y se cierra como si fuera una cremallera urbana.

Últimamente soportamos también el sarpullido virulento de terrazas y veladores. Cualquier barucho, por pequeño que sea, despliega frente a su puerta todo tipo de mesas y sillas, sombrillas y maceteros, barriles, taburetes y barras al aire libre. Poco importa, según parece, el ancho del pasaje o la superficie autorizada. Todo vale cuando se trata de ganar más plata, aunque tales abusos dificulten el caminar de los vecinos y añada más suciedad a la que ya padecemos.

Superados los inconvenientes citados, para llegar a nuestro destino aún tendremos que sortear las bolsas de basura y los cachivaches abandonados en cualquier sitio, los vertederos acumulados junto a los contenedores de reciclaje, los sacos de escombro procedentes de alguna chapuza doméstica, las losas sueltas y las caquitas perrunas. Por si todo lo descrito no fuera suficiente, vayan con ojo: pueden ser atropellados por algún humano en movimiento.

Presten atención a los ciclistas despistados, a los patinadores sin freno, a los repartidores alocados, a los corredores sin resuello, a los camareros equilibristas, a los conductores que no respetan los pasos de cebra y a los atontados que van por la vida colgados de sus móviles de última generación. Abrumado por tanta dejadez gubernativa y tantos incívicos sueltos, solo me queda desear al peatón que Dios le ampare.

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