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Carne picada

lunes 23 de febrero de 2015, 11:31h

La Comunidad de Madrid se ha convertido en una fabulosa picadora de carne política. Cuando me acerco a la carnicería serrana de Antonio, que todavía resiste en mi barrio los vientos de la crisis y las mareas de los ahorros domésticos, en algunas ocasiones observo como desmenuza selectos despieces cárnicos en su trituradora. Introduce los trozos por la bocana del artefacto, los empuja con una paleta de madera, conecta el invento y por su extremo contrario aparecen las mollas convertidas en tirabuzones cárdenos. Recuerdo entonces algunas biografías extraordinarias masticadas en los engranajes de la contienda partidista.

Ahí tienen ustedes a Gregorio Gordo y a Ángel Pérez, representantes que han sido de Izquierda Unida en la Asamblea y el Ayuntamiento de Madrid, pasados ambos por la mandíbula voraz del aparato federal, perfectamente empaquetados para su remite al frigorífico que les corresponda. Oficialmente se les acusa de mirar al techo cuando ciertos camaradas se lo llevaban crudo en Caja Madrid, pero los más entendidos aseguran que han perecido en la batalla entre los agentes de Podemos infiltrados en IU y la vieja guardia comunista.

Los tiburones sumergidos en IU pretenden armar el populismo de Podemos con las estructuras de la Coalición. Sus oponentes intentan mantener viva la marca blanca del Partido Comunista. En el camino se van quedando las víctimas de la batalla. El PCE fue la fuerza motriz que articuló a todos los movimientos políticos y sociales que combatieron la dictadura, pero cuando llegó la democracia los ciudadanos apostaron por el cambio posible de Felipe González. Conservaron y aún conservan, sin embargo, un porcentaje importante de votos izquierdistas en Madrid. En tiempos pasados, coaligados con el PSOE, aportando en el proyecto sus mejores personalidades, protagonizaron la enorme transformación de la Capital que impulsó Enrique Tierno. Ahora pueden desaparecer.

La picadora de carne política acaba de activarse nuevamente. Un buen día, el alcalde más votado de España, de nombre Tomás y de apellido Gómez, en vista del éxito obtenido en Parla, se sintió llamado a reparar las penurias electorales del PSOE madrileño. Sus compañeros venían penando en la oposición desde que desapareciera el Viejo Profesor y Joaquín Leguina agotara todas sus opciones como Presidente de la Comunidad. Gómez intentó corregir la situación, pero ha terminado en vía muerta. Desde muy antiguo, malamente refundada durante la Transición, su Federación Socialista siempre anduvo dividida y atribulada, dando bandazos de babor a estribor, sin rumbo fijo y sin pilotos capaces de llevarla al abrigo de un puerto seguro.

No podían, ni pueden, culpar a Zapatero de sus quebrantos electorales, porque sus derrotas comenzaron hace más de veinte años, cuando no había crisis económica y Zapatero era un diputado más del montón. Han perdido la mitad de los votos de centro izquierda y han sido incapaces de presentarse con un programa sólido que les devuelva el apoyo de tantos desertores. Gómez lo intentó, ya digo, pero solo cambió aquello que dejaba las cosas como estaban. Ahora ha quedado hecho trizas, tan molido como quedaron Almeida, Morán, Simancas, Lissavetzky o Sebastián. Si Gabilondo, don Ángel, no remonta, muy pronto se despachará su persona por cuartos de kilo.

Los dirigentes del Partido Popular son más resistentes. A lo largo de las últimas décadas, se ha repartido el poder entre Manzano, Gallardón, Aguirre y González. Aquellos que han pasado por la picadora, se lo han merecido, por chorizos de lo ajeno, por meter la mano en la caja publica y distraer de ella lo que no era suyo. Los que no se han dejado engatusar, han conseguido afincarse en los cuatro puntos cardinales de Madrid y ahí siguen. Ahora, todos ellos, encabezados por Aguirre, Cifuentes y González, esperan intranquilos alguna noticia de Génova. Mariano Rajoy puede confirmarles o convertirles en carne picada.

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