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En busca del arca perdida

jueves 29 de enero de 2015, 07:42h

A punto de corromperse la dinastía de los Austrias en sus debilidades congénitas, los últimos descendientes de la familia tenían por costumbre abandonar en cualquier sitio los cadáveres de las glorias literarias de su Imperio. Los súbditos de aquellos déspotas no eran mejores sepultureros, aunque en su descargo deberíamos recordar la incultura y la miseria que padecían. Los españoles del Siglo de Oro bastante tenían con mantener el tinglado, sacrificarse en la batalla, comer todos los días y sobrevivir a las pestes que los diezmaban periódicamente. Apenas distinguían las vocales de las consonantes y poco sabían de las novelas más leídas o de las funciones que se representaban en la Corte.

El placer de leer y la oportunidad de contemplar tales montajes escénicos se reservaba para los nobles rentistas, los cortesanos que medraban a la sombre de la Corona, el clero instalado y los capitanes de los tercios reales. Los madrileños afincados en la Villa, ajenos al bullicio de las letras, embozados y encapotados, se empleaban en agasajar a sus reyes, entronizar a vírgenes y santones, glorificar a sus toreros, convertir en leyenda las fechorías de los bandoleros, cantar y bailar a la luz de las fogatas y matarse a bastonazos en cualquier esquina. Muy pocos sabían de la vida y obra de tan extraordinarios escritores y menos aun los que se encargaban de enterrarlos en la cripta más cercana.

Resulta milagroso que todavía siga en pie, convertida en un delicioso museo, la casona donde vivió y murió el gran Lope de Vega. En un tris estuve yo de habitar una de las plantas reconstruidas del inmueble contiguo, cuyos ventanales se abrían al patio ajardinado que fuera del poeta y dramaturgo. Fallecido Lope, sus restos mortales terminaron en un nicho de la vecina Iglesia de San Sebastián. Mientras uno de sus benefactores pagó el arrendamiento del lugar, allí descansó lo que quedaba del Ingenio, pero cuando años después se dejó de financiar el alquiler de la fosa sus huesos terminaron en el osario del templo. Identificarlos ahora resulta imposible.

Tirso de Molina, seudónimo que utilizaba Fray Gabriel Téllez para esquivar a los inquisidores, autor prolífico de comedias tan afamadas como el Burlador de Sevilla, rezó sus últimas vísperas en el Convento de la Merced de Almazán. En esa cartuja se devolvió a la tierra el cuerpo del fraile y allí se perdió su pista para siempre. Amortizada la abadía mercedaria y abandonado a su suerte el monumento, sus piedras sirvieron para edificar las casas del pueblo y los despojos de Tirso formaron parte de la argamasa. Se puede visitar la celda monástica donde expiró Quevedo, pero nadie le dirá en Villanueva de los Infantes donde reposan lo que pueda conservarse de él.

También se perdió el esqueleto de otra de las cumbres nacionales de la literatura universal. El ataúd de Calderón de la Barca se guardó en la Iglesia de San Salvador, ubicada por entonces en la Calle Mayor, muy cerca de su residencia. Demolida por ruina, el féretro se llevó a la Basílica de San Francisco el Grande. Algunos años después se sepultó definitivamente en la Sacramental de San Nicolás y allí se mantuvo cientos de años. En los albores de nuestra guerra civil de 1936, una partida de anticlericales revolucionarios incendió San Nicolás y muy poco se salvó del fuego. Cuentan que algún avisado intuyó el asalto y emparedó el cofre de Calderón en los muros del santuario, pero nadie lo encontró entre los paramentos ennegrecidos que aguantaron sin derrumbarse.

En París se localizan fácilmente las tumbas de Moliére, Racine y Corneille, grandes maestros los tres de la dramaturgia gala. Sus bustos presiden el vestíbulo de la Comedie Française, sus libretos se reponen continuamente y los textos que firmaron se enseñan en las escuelas. Aquí nos gastamos una pasta en recuperar de sus agujeros los restos ilustres que se perdieron por culpa de la incuria, la intolerancia, el desprecio y la ignorancia de nuestros antepasados. Más nos valdría releer los escritos de Cervantes, Lope, Tirso de Molina, Calderón, Quevedo y Góngora, editarles de nuevo y recolocarles en la primera fila de nuestras estanterías, promocionarles entre los nuevos lectores y abrir de una vez las nuevas bibliotecas públicas que reclaman los vecinos. Más nos valdría actualizarlos en vez de buscar las arcas perdidas donde estrenaron la Eternidad y la Gloria.

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