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El tren que vino de Oriente

miércoles 17 de diciembre de 2014, 07:51h

Después de recorrer trece mil kilómetros, el trayecto ferroviario más largo que expedición alguna haya transitado nunca, el transporte Yixinou se estacionó en Madrid. "De La Habana vino un barco cargado de... ¿cargado de...?", preguntaba la maestra en la escuela infantil donde yo aprendí las primeras lecciones. De inmediato, extendiendo uno de sus brazos, señalaba con la regleta uno de los objetos que había pintado de antemano en la pizarra. "¡Naranjas!", respondíamos los chiquillos reunidos alrededor del encerado. Doña Julia repetía la misma operación con una paciencia ejemplar, una y otra vez, hasta que todos los alumnos, desde el más despierto al más torpe, nos sabíamos el nombre de cada una de las figuras señaladas. "¡Manzanas!"

¡La cantidad de cosas que cabían en aquel fabuloso carguero llegado de ultramar! Yo esperaba que nuestra Alcaldesa o la Ministra de Fomento, citadas en la estación del Abroñigal para recibir al Yixinou, emplearan la estrategia pedagógica que aquella profesora admirable utilizaba cuando yo era un niño, pero ninguna de las dos Anas lo hizo. Hubiera quedado muy bonito que nuestra impagable señora Botella interrogara a los que allí esperaban al tren. Me la imagino dirigiéndose a la comitiva oficial encargada de agasajar al Yixinou: "de la China vino un tren cargado de... ¿Cargado de...?", exclamaría la regidora madrileña en el guión que acabo de inventarme.

Ante la sorpresa generalizada de los presentes, un tanto azorada, la Alcaldesa insistiría: "atiendan ustedes, señoras y señores, es muy sencillo... ¿de qué puede venir cargado un tren fletado en la China?". Los invitados a la fiesta, paralizados en su ignorancia, observarían entonces los vagones abiertos y solo descubrirían en su interior decenas de contenedores cerrados y rotulados en mandarín. "¿Acaso no frecuentan ustedes los comercios chinos, aunque solo sea por curiosidad?", interpelaría de nuevo a los presentes la organizadora del evento. En realidad ninguno de los oficiantes preguntó nada a los que allí se reunieron, aunque un suceso tan irrepetible lo mereciera. El misterio se desveló puntualmente y todos volvieron a casa muy bien informados: la carga ambulante se componía de ropa y complementos de baratillo, cacharrería y papelería diversa. Nada que ver con aquellas mercaderías fantásticas que Marco Polo nos trajo de los confines del Lejano Oriente.

Es muy posible que la paquetería trasladada a nuestra capital se almacene ya en nuestra particular China Town del polígono industrial de Cobo Calleja y, desde ese lugar, que nunca duerme, se reparta por todo Madrid. A pesar de las sarcásticas recomendaciones que cada noche improvisan El Monaguillo y Arturo en su programa radiofónico La Parroquia, yo nunca compro en el chino, fiel como soy a las tiendecitas que aún sobreviven en mi barrio. Debo confesarles, sin embargo, que en algunas ocasiones me paro a contemplar los abigarrados escaparates de los colmados chinos, repletos de cachivaches inverosímiles, arbolitos y plantas de plástico, animalitos mecánicos que te saludan sin parar, cerámicas estrafalarias, fuentes de agua viva, peluches esponjosos, bolas luminosas y otras vulgaridades sin cuento, capaces todas ellas de arruinar definitivamente la decoración más hortera.

Todos esperamos que el periplo pionero del Yixinou se transforme en una línea intercontinental que enlace Madrid con la costa este de la China. Desde Yiwu llegarán nuevas baratijas y nosotros les mandaremos lo mejor de nuestra oferta culinaria. Madrid tendrá entonces su Yixinou Express y así podrá competir con el Transiberiano moscovita y con el Orient Express de Estambul, ferrocarriles laureados en la épica aventurera y kilométrica. Para que no falte el ingrediente novelístico que mitifica a los trenes de recorrido interminable, el escritor Juan Madrid podría enrolar a su criatura Toni Romano en el pasaje del Yixinou y desarrollar después otra de sus afamadas intrigas policiacas. Que ustedes y yo lo veamos.

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