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¡Mala suerte, señoras!

miércoles 03 de diciembre de 2014, 10:22h

A doña Cristina Cifuentes, responsable de la seguridad y el orden en la Comunidad de Madrid, se le ha colado en casa la bola negra de la adversidad. La historia se repite y por si ella no lo supiera, yo me ofrezco como relator de los hechos: una sombra de mal fario se aparece periódicamente en los despachos oficiales de Madrid. Cuando el infortunio se manifiesta y sus poderes nefandos se apoderan de la víctima elegida, ocurre todo aquello que podría suceder en el peor de los supuestos posibles. La improvisación se transforma entonces en tragedia y todos lamentamos que nadie se anticipara a los acontecimientos.

 

¡Mala suerte!, sentencian los gobernantes incapaces de prevenir la desgracia. ¡Es algo extraordinario!, apostillan después, como si lo acontecido fuera el reflejo de una conjura planetaria que no volverá a repetirse nunca. ¡Qué mala pata, me tenía que pasar a mí, con lo bien que iban las cosas!, se lamentan los tocados por el maleficio ambulante que pulula por las instituciones madrileñas.
Recuperados del golpe inicial, recompuesta la figura y ordenadas las ideas, los políticos afectados se nos presentan limpios y aseados, como si nada hubiera pasado, como si fuera de otros la responsabilidad de atajar a tiempo el problema; pero ellos saben que la fortuna les ha jugado una mala pasada y que lo suyo no tiene ya porvenir alguno. Aunque no terminen de creérselo, aunque se sienten en su rincón reclamando el aire que les falta en los pulmones, el puñetazo del destino ha dejado destrozadas sus carreras políticas. Ana Botella sabe muy bien de lo que les hablo, y ahora le toca el turno a Cristina Cifuentes. 
 
Una mala noche de Difuntos, la Alcaldesa se tropezó con cinco cadáveres adolescentes. En aquel lugar se reventó el aforo, entraron muchos más chavales de los que cabían, las salidas se taponaron cuando intentaban escapar de las montoneras humanas, no había los equipamientos sanitarios que se precisaban, ni los municipales suficientes para controlar una aglomeración semejante. Fuera, en las inmediaciones del recinto, se permitió una fiesta callejera clandestina y multitudinaria. Botella quedó retratada para siempre. No era la primera vez que se convocaba al diablo, pero aquella madrugada acudió a la cita. 
Existen las casualidades calamitosas, los desastres repetidos, los accidentes inevitables y las catástrofes irreparables, pero la batalla campal que se desarrolló el pasado domingo en la ribera del Manzanares nada tiene que ver con tales fatalidades. Durante muchos años se ha consentido las andanzas de los ultras enquistados en las gradas de los equipos madrileños de futbol, un error que ahora lamentamos todos. Nunca se han desarticulado los comandos radicales, de extrema derecha o de extrema izquierda, que enarbolan banderas deportivas para disimular sus verdaderas intenciones. No se han taponado sus fuentes de financiación, tampoco se han cerrado los estadios donde se acunan sus consignas racistas, xenófobas y belicistas.
Nadie se atrevió, por otra parte, a expulsar del circo futbolístico a los dirigentes que apoyan a los violentos. No se ha hecho nada de nada, señora Cifuentes, y a usted le toca ahora responsabilizarse del desastre. ¡Mala suerte señora!
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