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La galopada de Tomás Gómez

viernes 14 de noviembre de 2014, 07:58h

Vive Tomás Gómez refugiado en la cabaña del Partido Socialista de Madrid. Cada mañana se asoma a la ventana y comprueba que no escampa la tormenta perfecta desencadenada por "el coleta". El nivel de las aguas sube cada jornada que anochece y Gómez teme que la riada derribe las paredes de su hogar político. De ser así, él y los suyos quedarían a la intemperie y con el culo al aire. Es posible que amaine el aguacero si la muchachada de indignados no se presenta a las próximas elecciones municipales y autonómicas, pero podría ocurrir que concurrieran con otros radicalismos izquierdosos en una lista común. En ese caso, el aluvión se llevaría los enseres de Gómez y todo comenzaría de nuevo para el PSOE.

Visto desde fuera, cualquiera diría que los socialistas madrileños no tienen remedio. Viven aislados en su peculiar casa de los líos, siempre a la greña, incapaces de resolver los pleitos internos que los unos mantienen contra los otros, ajenos a la ruina que amenaza el lugar donde habitan. Se saludan cuando se cruzan en la escalera o coinciden en el portal, pero en ese gesto de obligada cortesía se agota su capacidad para entenderse. Encerrados en sus queridos apartamentos, cada uno de ellos se cree propietario de todo el inmueble y considera al vecino un ocupa circunstancial de la finca. A Tomás Gómez le corresponde ahora presidir una comunidad tan complicada.

Sorprende que ninguno de los sucesivos secretarios generales del PSOE se haya atrevido a meterle mano al problema de la federación madrileña. Nació descoyuntada en la clandestinidad y con esa minusvalía ha vivido siempre. La FSM era en tiempos de Felipe González un territorio controlado por Alfonso Guerra, potestad que nadie discutía al entonces todopoderoso Vicesecretario General del partido. "El que se mueva no sale en la foto", amenazaba Guerra, y aunque convivieran malamente socialistas históricos, convergentes, renovadores, células de base, antiguos seguidores de Tierno Galván y comunistas desengañados, no se firmaba un papel sin que lo supiera el autor de la advertencia.

A pesar de las trabas que apadrinaba Alfonso Guerra, el socialista Joaquín Leguina gobernó Madrid a lo largo de varias legislaturas. Aquel presidente tuvo que apoyarse primero en una coalición inestable de los suyos y procurarse después el auxilio de Izquierda Unida. Un prodigio admirable de habilidad y recursos políticos, cualidades que ahora brillan por su ausencia en el panorama nacional. La resistencia de Leguina comenzó a debilitarse cuando los populares conquistaron el ayuntamiento de la capital y terminó con la llegada de Ruiz Gallardón a su destartalado despacho de la Puerta del Sol.

A punto estuvo Rafael Simancas de recuperar el poder, pero se le colaron en la candidatura varios felones sin escrúpulos que finalmente terminaron con él. En aquellos comicios de mayo del 2003, la izquierda había sumado los escaños suficientes para gobernar la Comunidad de Madrid. Una traición imprevista abortó la expectativa y salvó la carrera política de Esperanza Aguirre. El día elegido para investir al candidato, los pérfidos electos se amotinaron en casa y Simancas quedó aparcado en la cuneta de la historia. Repetidas las elecciones, el PP renovó su mayoría absoluta.

Aquel hecho, sin esclarecer aún, aceleró la decadencia electoral del PSOE en Madrid. En poco más de diez años han pasado del 40 % de votos que tenía entonces a poco más del 26 % que tienen ahora. Rendidos al PP los corredores rojos de Madrid, el PSOE solo conserva algunos municipios de la periferia. De uno de esos reductos salió Tomás Gómez, alcalde que fue de Parla con el porcentaje más alto de votos registrado en toda España, lo que le convirtió de inmediato en la esperanza blanca de los socialistas madrileños. Santificado por la militancia afín, la nueva estrella nunca logró el apoyo de sus compañeros de Ferraz.

Zapatero y Rubalcaba consideraron a Gómez un caballo perdedor y maniobraron para retirarle de la carrera, pero Gómez siguió galopando como los pura sangre que continúan corriendo cuando su jinete se cae de la montura. Es muy posible que Pedro Sánchez no tenga ya el tiempo que se precisa para improvisar una alternativa ganadora, lo que permitiría a Tomás Gómez seguir dando vueltas en el hipódromo de la política regional.

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