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'El principio de Arquímedes' en el Teatro de La Abadía
'El principio de Arquímedes' en el Teatro de La Abadía

El principio de Arquímedes: desconcierto

miércoles 29 de octubre de 2014, 13:58h
Cuando acaba la representación de "El principio de Arquímedes", en el teatro de La Abadía, el espectador se siente desconcertado. Entiende a los cuatro personajes y a sus formas de actuar. Pero también rechaza esas mismas actuaciones. En una de las virtudes del endiablado texto de Josep María Miró: presentarnos cuatro tipos que pueden estar cotidianamente a nuestro lado y a los que no dudaríamos en aprobar o reprobar.

Rubén es monitor de natación con un grupo de niños. Abraza y besa a uno de ellos, aterrado por el agua y el miedo a meterse en la piscina. Pero ese gesto de apoyo es interpretado como asomo de pederastia. Y los padres de los alumnos exigen medidas contra él. La directora del centro y su compañero de trabajo se debaten entre apoyarlo y dudar de sus intenciones. No hay respuesta al final de la representación.

Si, como decíamos al principio, todos los personajes nos parecen estar en posesión de la verdad ¿qué falla en esta historia? Seguramente la formación de los padres, de la sociedad que, aterrada ante lo que sucede cada día, solo encuentra la represión de los afectos como medida. No se plantea siquiera ofrecer a sus pequeños un conocimiento de las situaciones y peligros a los que pueden enfrentarse en su trato con los mayores, para que sepan discernir.

Se puede sacar la conclusión de esta obra que nuestra sociedad camina hacia el aislamiento, hacia la intolerancia, hacia la sospecha de todo y todos los que no rodean. Y eso con el pretexto de proteger a los chavales.

Miró dirige su propio texto con un original juego de perspectivas. La escena cambia de posición 180º en cada cuadro. Nos presenta la acción como un rompecabezas que debemos ir encajando desde nuestro asiento. Inteligente y efectiva puesta en escena. Los cuatro actores -es inevitable la metáfora- se tiran a la piscina con arrojo. Rubén de Eguía y Roser Batalla tienen los papeles más duros, más llenos de aristas. Sus enfrentamientos son tensos, duros. Sobre todo el violento interrogatorio sobre la identidad sexual del monitor. El trabajo de ambos está trazado con tiralíneas, milimétrico y preciso. Junto a ellos Alberto Auselle y Santi Ricart componen sendos tipos dubitativos y desconcertados.

Este es uno de los buenos espectáculos teatrales de la temporada, sin concesiones al sentimentalismo, sin moralina, dejando que el espectador saque sus conclusiones.

Como en "La calumnia", de Lilliam Helman (1934); "Olenna", de David Mamet (1992) o "La duda", de John Patrick Shanley (2004), este texto nos pone ante muchos de nuestros fantasma y demuestra que éstos son los mismos en cualquier década y sociedad.

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