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Desaparece el comercio tradicional

martes 30 de septiembre de 2014, 12:04h

La galerna económica que venimos padeciendo ha destrozado muchísimos comercios tradicionales que de antiguo aguantaban abiertos en Madrid. Pequeños negocios familiares que pasaban de padres a hijos y de aquellos a los nietos, víctimas todos ellos de la crisis fatal, los cambios paulatinos en los usos y costumbres de los nuevos vecinos y de la voracidad de las superficies comerciales que abren a destajo todos los días del año. Uno tras otro, aquejados de la misma epidemia, han ido echando el cierre y pegando en sus escaparates los fatídicos pasquines de "se traspasa" o "se vende".

Poco a poco, calladamente, sin que nadie pueda evitarlo, sin una ayuda administrativa que quiera impedirlo, Madrid archiva en el olvido el riquísimo catálogo de establecimientos que antaño caracterizaron el bullicio mercantil de la ciudad. Mi barrio es un ejemplo de todo lo que acabo de relatarles: la mortandad se ha extendido por sus calles y muy pocas tiendas y colmados sobreviven a las calamidades de los nuevos y malos tiempos. Las defunciones han sido tantas en los bajos comerciales, que las repetidas melladuras certifican el desastre que puede verse en muchas de las fachadas.

El último episodio se desarrolla muy cerca de mi casa. Doblando la esquina más próxima, se subasta una pequeña librería que siempre vendió tesoros literarios y material escolar. Allí compraba yo, en tiempos pasados, los libros de cabecera y los utensilios que mis hijos reclamaban para presentarse  bien equipados en el colegio: cuadernos reglados, lápices y rotuladores, láminas de colores, escuadras y cartabones, tijeritas de puntas redondeadas y sus primeras lecturas. Recientemente, descubrí en sus estanterías un librito fotográfico que retrata mis calles en los años terribles de nuestra guerra civil: inmuebles reventados por los bombardeos y rondas cuajadas de trincheras y barricadas. Mientras me envolvía el ejemplar, la veterana librera me anticipaba el tristísimo destino de su mostrador.

Desapareció también la inconfundible terraza veraniega que despachaba los mejores helados de Madrid. Situada en el mismísimo centro del Paseo de Rosales, frente a la terminal del Teleférico que sobrevuela el Parque del Oeste, hasta allí peregrinaban muchísimos madrileños amantes de tan suculento y refrescante condumio. Un mal día, sin que sus habituales pudieran adivinarlo, clausuró sus ventanales. Todavía hoy puede leerse el rótulo de "Bruin" en las cristaleras oscurecidas por el abandono. Se rindió  también la marisquería "La Bilbaína", abierta al público desde tiempos inmemoriales en la calle del Marqués de Urquijo. Un comedero italiano  ocupó el local y las pizzas y los pastelitos sicilianos  desterraron de sus vitrinas los centollos y los percebes de las rías norteñas.

De tanta deserción se aprovechan los comerciantes orientales y asiáticos, que invaden con rapidez los huecos que van dejando nuestros tenderos arruinados. Donde había un lugar de encuentro de caprichosos coleccionistas de miniaturas, acaba de instalarse otro zoco de mercaderías importadas de China. Los zapatones de plástico y la ropa de baratillo han desplazado a los soldaditos de plomo alineados en formación, a los lanceros a caballo de las tropas de Napoleón, a los pequeños tranvías de época tirados por mulas, a los avioncitos de combate y a los bólidos del siglo pasado. Donde había una mantequería ilustrada, repleta de manjares enlatados y dulces tentaciones, se abre ahora otro lúgubre despacho de artículos imprescindibles. Habita en el lugar un dependiente de ojos rasgados pegado a su diminuto televisor.

Acabo de visitar varias capitales europeas y puedo asegurarles que sus zonas comerciales son tan idénticas como una gota de agua a otra. Nada distinto de lo que puedan comprar aquí se traerán de la extranjería más cercana. Deambularán por ciudades muy diferentes, escandinavas o centroeuropeas, tal vez meridionales, pero en ese paseo se encontrarán con los mismos reclamos de ropas, de complementos y bisuterías, de cachivaches electrónicos o puestos de comida rápida y barata. Tendrán que adentrarse en las barriadas más remotas para localizar bazares peculiares y mercadillos pintorescos. La globalización, la expansión de las multinacionales y las franquicias universales han borrado del mapa las peculiaridades de cada territorio. Como aquí.

 

El matarife mercantilista a punto está de apuntillar al pequeño comercio de Madrid. Por si no tuvieran poco con competir en inferioridad de condiciones con la bestia de los grandes almacenes y los supermercados del barrio, ahora tendrán que renegociar sus alquileres de renta antigua y rascarse el bolsillo para seguir donde están. Muchos de ellos tendrán que desprenderse de sus centenarias trastiendas y bajar para siempre la persiana. Asistiremos entonces al canto del cisne de un sector que siempre distinguió y personalizó a Madrid. Por todo ello,  apoyo la petición de una moratoria que les permita mantenerse vivos, de lo contrario asistiremos al sepelio de una parte de nuestra historia cotidiana. 

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