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La Luna de Madrid

miércoles 18 de junio de 2014, 14:30h

Nunca me parecieron los madrileños un pueblo amante de la Luna. Tanto es así, que mientras duró el suspiro creativo y marginal de la movida, las gentes que participaron en aquel suceso suburbano abarrotaban todas las noches y hasta la madrugada un local llamado "El Sol". Tenemos fama de noctámbulos callejeros, de trasnochadores impenitentes, de juerguistas amigables, pero la nocturnidad militante que practicamos nada tiene que ver con los reflejos lunares. Aprovechamos la anochecida muy pegaditos al suelo y son contados los viandantes insomnes que fijan la vista en las estrellas.

Tampoco tenemos por costumbre pasearnos por los espacios abiertos cuando la penumbra apaga la luminaria anaranjada del ocaso inevitable. Despreciamos así la posibilidad de descifrar los mensajes que la Luna nos manda en cada una de sus transformaciones orbitales. Algunos transeúntes, impacientes e inquietos, esperan a que su perro alivie las necesidades naturales retenidas en tantas horas de encierro doméstico, otros corren resoplando por los senderos cotidianos que tan bien se conocen y algunas parejas se atornillan a la sombra de las farolas encendidas. Muy pocos se paran a contemplar un fenómeno tan extraordinario como la aparición de la Luna y tal insensibilidad les convierte en autómatas de lo previsible.

No hay muchos altozanos en Madrid, esa es la verdad, a los que asomarse para contemplar los cielos capitalinos. Para disfrutar de una experiencia tan estimulante hay que subirse a los Altos de la Dehesa de la Villa, escalar el Cerro de Garabitas, deambular por las terrazas de Rosales que bordean el Parque del Oeste, acomodarse en el Teleférico que cruza el río hasta la Casa de Campo, acodarse en la barandilla acristalada del altísimo viaducto alzado sobre la calle de Segovia o aprovechar el único hueco que queda entre el Palacio Real y la Catedral de la Almudena en la cornisa del Manzanares. Desde las alturas de los jardines de las Vistillas, como su propio nombre indica, también se divisa un horizonte hermoso y despejado de Madrid.

No somos muy selenitas, ya digo, los terrícolas que habitamos la Comunidad de Madrid. Siempre nos faltaron observatorios naturales para  aproximarnos a nuestro satélite plateado, pero tampoco tuvimos nunca la vocación que se precisa para curiosear en nuestro firmamento. Nos interesa muy poco, creo yo, la astrología y muchos de los que aseguran lo contrario, tan crédulos como indocumentados, confunden el estudio de los astros con la superchería adivinatoria de lo que está por venir. Nuestra Luna, lunera y cascabelera, nos trae sin cuidado y poco nos importa que Madrid sea una de las tres ventanas abiertas en todo el mundo a la contemplación de los espacios profundos.

En el pueblo de Robledo de Chavela, término municipal de Madrid, se encuentra la estación de seguimiento de satélites MDSCC, siglas que corresponden al nombre en inglés del Complejo de Comunicaciones interespaciales. El centro comenzó a construirse en 1964 y su primera antena entró en funcionamiento al año siguiente. Desde entonces, y adaptándose a las necesidades de la NASA, propietaria de las instalaciones, ha ido creciendo hasta la actualidad, con seis antenas de diferentes diámetros, equipadas para el seguimiento de vehículos y sondas espaciales. El complejo de Madrid forma parte de una red mundial que cuenta con otros dos centros similares en Australia y California. Acaba de cumplir cincuenta años.

Madrid tuvo mucho que ver con la llegada del hombre a la Luna, controló las misiones tripuladas del proyecto Apolo y hoy en día recibe las señales que la Curiosity nos lanza desde los confines de nuestro sistema planetario. El ser humano sobrevivió pendiente de la Luna desde que se enderezó sobre sus piernas cortas y patizambas. Comprendió muy pronto que las mareas obedecían a las fases refulgentes del globo iluminado que colgaba del cielo, que su influjo impulsaba el nacimiento de sus crías, que no había en la creación otro instrumento más fiable que la Luna para medir su existencia, que las cosechas prosperaban cuando la magina lunar lo decretaba y que la Diosa de la noche podía guiar sus expediciones aventureras por tierras y por mares desconocidos. Así fue por los siglos de los siglos y así será siempre, aunque nosotros nos creamos ahora los dueños de nuestro destino. Un servidor de ustedes, con toda la humildad del mundo, se asomará al balcón una noche de plenilunio y rendirá pleitesía a la Luna de Madrid.

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  • La Luna de Madrid

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5199 | SANDRA RECONCO - 09/06/2017 @ 02:54:32 (GMT+1)
    Es espectacular no hay palabras que puedan describir el explendor de la luna de Madrid estoy estaciada

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