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El almacén de sueños

viernes 30 de mayo de 2014, 07:33h

Un año más cumpliré con el ritual de pasearme por la Feria del Libro y comprarme alguno de los libros que allí se venden. En esta primavera que vivimos, como tiene por costumbre, la lluvia visitará también el popular mercadillo, encharcando el antiguo Paseo de Coches del Retiro y empapando a los visitantes más desprevenidos. Cuando la tormenta descargue sobre las casetas, los libreros cubrirán su mercancía con plásticos plateados por la luz de Madrid y los paraguas coloreados florecerán en los caminos de la muestra cultural. El sol empujará después las nubes y todo el recinto relucirá como los cacharros recién lavados. Sin precipitarme, con las gafas apoyadas en la nariz, rebuscaré entre la montonera de libros mi ejemplar deseado.

Comenzaré la caminata adentrándome en el Parque por el monumental portalón de la calle O'Donnell, el que está situado frente a uno de los costados de las Escuelas Aguirre. Avanzaré despacio por la fronda sombreada del Buen Retiro y recobraré viejas sensaciones olvidadas en el tiempo. Encaminando mis pasos por los senderos arenosos que se entrecruzan por todas partes, me plantaré en la ronda que en otros tiempos fue paseo destinado a los coches de caballos, calle abierta al tráfico rodado en épocas contemporáneas y amplísima avenida peatonal en nuestros días. Caminando por esa ruta llegaré a la Feria del Libro.

No marcharé solo. Me acompañarán familias reunidas para la ocasión, patinadores sobre ruedas, equilibristas audaces subidos sobre tablas en movimiento, ciclistas solitarios o agrupados en pequeños pelotones, niños repetidos que se irán cruzando en el camino, parejas amarraditas, jubilados sin nada mejor que hacer y muchos otros viandantes que acompasarán su caminar al mío. Todos desembocaremos en un fantástico caserío repleto de libros. Antes de divisar los primeros puntos de venta escucharemos los reclamos aireados por los potentes altavoces feriales, anunciándonos la presencia de afamados autores consagrados y famosillos mediáticos, creadores los primeros e impostores literarios los segundos.

Conviene visitar la carpa informativa antes de adentrarse en la marea humana que va y viene por la Feria. Reclamen ustedes un mapa del lugar y localicen las librerías y editoriales que buscan, pero créanme que cualquier hallazgo es posible en una exposición tan formidable. También se pueden guiar por el instinto que caracteriza al lector experto, pegarse a un entendido paciente y de buen corazón que vaya orientándoles, preguntar a los dependientes enclaustrados en cada caseta o deambular por allí asesorado por un acompañante adecuado. Es posible también que vuelvan a su casa agotados, acalorados y hambrientos, sin euros en el bolsillo y con algún ejemplar que no tenían previsto coleccionar.

Les recomiendo que vayan más de una vez a la Feria, de buena mañana y en días laborables, si les fuera posible, con todo el tiempo libre que una visita de tales características reclama, con la curiosidad debida y sin ideas preconcebidas. Encontrará lo que desea y a buen precio. Un servidor de ustedes se acercará a la Feria con la intención de embolsar los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós que buena falta nos hacen, las novelas que me faltan de Gabo García Márquez, algún título de Benedetti, poemarios de Vallejo y Neruda, alguna obra de Galeano, del que no he leído nada y alguna creación más que aun no tengo en la cabeza. Añoro los años infantiles de mis hijos, cuando nos acompañaban alegres y sorprendidos, ojeando los nuevos libros de cuentos comprados en la Feria, implorándonos un breve descanso para disfrutar nuevamente de sus tesoros de papel.

Con el bolsón repleto de vidas por vivir, de aventuras por afrontar, de personajes que siempre quisimos conocer, de amores imposibles que nunca sentiremos, de versos nuevos que nos despertarán el alma y de historias ajenas que serán las nuestras con solo leerlas; cargado en definitiva con el impulso vital imprescindible para seguir viviendo. Desandado lo andado, encontraré la perpendicular que une la desaparecida Casa de Fieras con el Estanque Real del Retiro. Acodado en la baranda, distraídamente, confirmaré con alivio que las barquitas continúan surcando las aguas verdes del lago y que los peces gigantes se siguen asomando a la superficie para zamparse todo lo comible. Muy cerca de mí brincarán los danzantes, actuarán las marionetas de los titiriteros, reirán los cómicos de arrabal huérfanos de escenario, cantarán los baladistas de la calle y acurrucados sobre sus mantas, los negritos sin papeles venderán elefantes de madera.

Escucharé, si fuera un domingo, el concierto de la Banda Municipal en el Templete de la Música y saludaré con respeto a la estatua del Ángel Caído. Terminaré la mañana, puedo asegurarles, apurando unas cervezas espumadas en la Cruz Blanca. Sigan mis pasos y disfruten ustedes del fabuloso Almacén de Sueños que se abre cada año en la Feria del Libro.

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