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Gonzalo Caballero
Gonzalo Caballero

San Isidro: buen toreo de un Caballero que apunta pero no dispara, mientras Posada vuelve a defraudar

martes 27 de mayo de 2014, 08:19h
Novillos de GUADAIRA y 4º, 5º y 6º de MONTEALTO, mal presentados excepto 5º y poco ofensivos de cara; mansos aunque noblotes excepto el peligroso 1º y justos de fuerza. ROMÁN, que sustituía al lesionado Martín Escudero: silencio; silencio. GONZALO CABALLERO: ovación; silencio. POSADA DE MARAVILLAS: silencio; silencio. Plaza de Las Ventas, 26 de mayo. 17ª de feria de San Isidro. Dos tercios de entrada.

Toreo eterno, sin alcanzar el sumum, pero intentándolo, versus toreo posmoderno. Es el resumen de lo acontecido en la tercera novillada, que estuvo lejos de la brillantez y emoción de las anteriores, también en parte por culpa de los novilletes -menos el quinto, y también sin pasarse de trapío- de Guadaira- rechazados en el reconocimiento veterinario del domingo y repescados tres este lunes ¿...? y el remiendo de Montealto, que empataron en su mandesumbre y también en su nobleza a excepción del que abrió este plúmbeo festejo.

La parte eterna la alboreó Gonzalo Caballero -valiente hasta para hacer el paseíllo con un capote de ídem con el escudo rojiblanco- frente al segundo, con el que anduvo templado, sereno, reposado y muy seguro extrayéndole series de ligados y magníficos redondos siempre por bajo y sometiéndolo, incluyendo un monumental cambio de mano. Y con esa otra mano, con la izquierda, también lo intentó aunque el burel se fue apagando y bajó la intensidad. Que volvió a dispararse con las ajustadísimas bernadinas jugándose la femoral.

Y volvió a descender con una fea media estocada que necesitó dos golpes de verduguillo que dejaron al madrileño rojiblanco sin la oreja que merecía -como a su equipo sin título en la finalísima de la Champions- por tanto sabor y tanta sinceridad. Ya no pudo ni repetir con el otro, no sólo parado, sino inválido que se acabó en el penco. Caballero, como sus compañeros, participó en diversos y variados quites -uno también de gran riesgo por gaoneras en el primero de Román-, aunque con el percal el mejor fue Posada de Maravillas -hubo algunos chistes fáciles con este apellido de su apodo- a la verónica y por delantales.

Testosterona ante saldo de gañaones
Pero el resto de la actuación de este coletudo de gloriosa saga fue ya posmoderna y olé -o, mejor, desolé-, con los defectos ya mencionados arriba. Que quedaron más claros frente a la casta que desarrolló en la flámula el tercero, que entraba humillando cual el más arrepentido pecador y necesitaba temple y ligazón, lo que no le ofreció un ventajista Posada, aunque dejó algún retazo suelto. Así obró en el que cerró el gris festejo, que ya no colaboró tanto. Segunda tarde del novillero en Madrid y segundo fracaso.

No alcanzó este calificativo el valenciano Román, que tras su debú en la primera novillada, con corte de trofeo, tuvo la gallardía de entrar en una sustitución. El que abrió plaza era peligroso y buscaba al chaval, al que logró derribar sin percance, quien ante el saldo de gañafones se postuló con un derroche de testosterona y se justificó. No así en el cuarto, cuyas primeras francas embestidas desaprovechó por torear a la moderna, siempre al hilo y sin cruzarse en faenas oleadas, jaleadas y 'orejeadas' en cualquier otro coso, pero que en la cátedra de Las Ventas, pese a su bajón de exigencia, no sirven.

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