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¡El Santo Isidro nos proteja!

miércoles 14 de mayo de 2014, 10:48h

Contemplada a vista de pájaro, Madrid se nos aparece entre las nubes como la inmensa metrópolis que hoy en día es. Aglomerada en su centro, desplegada en avenidas por sus cuatro esquinas, apabullante y voraz, se extiende por todas partes, comiéndose abocados las tierras vecinas. La ciudad estrena cada mañana un espectáculo vibrante de sonidos desafinados, vapores oscuros y movimientos trepidantes. Todo gira en su almendra central y todo se centrifuga en sus alrededores. Aluviones de vida van y vienen, se estancan en los recodos urbanos o se remansan apaciblemente en los parques y jardines. De aquel poblachón manchego que fue Madrid, sólo el Santo Isidro permanece inalterable e incorrupto en la Colegiata levantada en su honor.

En el escaparate panorámico que hoy nos ofrece Madrid, apenas queda algo de lo que contempló nuestro Patrono en los primeros años del siglo XII. Con el paso de los siglos, desplazados uno tras otro en el calendario de la historia, sobre los escombros del caserío morisco se levantaron las casas de piedra y adobe de la nueva plaza cristiana y sobre sus restos derrumbados la Villa y Corte de los Austrias. En un rincón de aquella capital imperial del mundo, en la primitiva Iglesia de San Andrés, dormía el bueno de Isidro el sueño de los justos. Cuatrocientos años antes, en el siglo XIII, el Rey Alfonso VIII de Castilla, para festejar la derrota de los musulmanes en las Navas de Tolosa, ordenó que se tallara un arcón de maderas nobles con las imágenes de los milagros del labrador Isidro. Dispuso después que se depositara en tan magnífico catafalco el ataúd de pino donde reposaba tan venerado milagrero.

De esa fama gozó en vida el labrador Isidro. Cuentan las crónicas escritas de la época, transformadas después en leyendas populares, que se levantaba muy temprano para orar en las iglesias de San Andrés y de Santa María Magdalena. Después cruzaba el puente de Segovia y más allá del rio labraba los campos de don Juan de Vargas. En algunas ocasiones se incorporaba tan tarde al trabajo que sus compañeros de faena, confundiendo la tardanza con la holganza, terminaron por denunciarle al patrono. Oculto su señor tras unos matojos, esperó a su siervo para reprenderle, pero vio admirado que varios labriegos desconocidos rotulaban los campos encomendados a Isidro. Caminando por los surcos que dejaba el arado, comprobó que eran dos ángeles los que conducían la yunta de bueyes. Tal suceso convirtió a Isidro en el personaje más afamado y querido de todo Madrid.

Casó nuestro Isidro con una mujer tan piadosa y caritativa como él, tuvo de ella un hijo varón, vivió pobre y humilde cuidando con presteza de su familia, trabajó en todo lo que le encargaron y murió tan desnudo como había venido al mundo. Siempre repartió entre los pobres más de lo que tenia, hizo brotar el agua cuando convenía a la siembra, desbordó el pozo de su amo para recuperar con bien a un niño caído en su fondo y devolvió a la vida a la hija muerta del señor de Vargas. Así lo contaban entonces, así lo cuento yo y así se seguirá contando. Tantas bondades reunidas en una sola persona perpetuaron en el tiempo la admiración que nobles y paisanos sentían por Isidro. Todos los Reyes que en España fueron, desde Isabel la Católica a Felipe IV, visitaban la capilla de San Andrés cuando enfermaban o precisaban una ayuda singular del campesino allí expuesto. Poco importaba que todavía no fuera santo.

Era tan fervorosa y formidable la devoción que Isidro provocaba en la muchedumbre, que fue beatificado por aclamación popular. La Santa Sede no intervino en el proceso. Isidro se convirtió así en el primer laico que subía a los altares, a pesar de haber matrimoniado y tener un hijo legítimo de esa relación. Tampoco se había ordenado sacerdote ni había pertenecido a orden religiosa alguna durante su vida. Desde aquel jubiloso día, la Casa Real presionó al Vaticano para que santificara al Beato, no fuera a ocurrir que algún pontífice declarara blasfemo un culto tan extendido por las Españas. Tuvieron que esperar hasta 1622 para ver proclamada la santidad de Isidro y festejarlo como la ocasión merecía. Los madrileños ocuparon las calles, los plateros cincelaron para el Santo un sarcófago de palta que costó más de quince mil reales y aprovechando la oportunidad se inauguró la Plaza Mayor.

De inmediato se levantó en la calle de Toledo una catedral de nueva planta dedicada al Santo. Terminado tan monumental templo, en el se albergaron los restos de San Isidro y los de su esposa Santa María de la Cabeza. Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, los cofrades del Santo, alarmados por la incuria radical que incendiaba iglesias y conventos, cargaron con las urnas de los Santos y las ocultaron debajo de la Almudena. Acertaron de pleno: la Catedral de San Isidro ardió por los cuatro costados. Reconstruida después en tiempos del presidente Felipe González, allí regresaron los restos de la santa pareja. Al Santo Isidro le falta un dedo del pie, arrancado de un mordisco por una damisela de la Reina Católica, la Reina Juana quiso llevarse uno de sus brazos a Palacio y un clérigo ardoroso le corto parte del pelo para esconderlo en su casa, pero ahí sigue tan aparente el cuerpo de nuestro buen San Isidro.

Madrid es mucho más que su propia urbe y todavía son muchas las explotaciones agrarias y ganaderas que permanecen en sus campos, en sus sierras pedregosas y en sus vegas bien regadas. Aquí nos llegan todavía, sin salir de la Comunidad hortalizas estupendas, frutas excelentes, vinos de buena crianza, quesos bien curados, aceites incomparables y cereales de primera calidad. El Santo Isidro apostaría por esos parajes que tan bien conocía, pero los madrileños esperamos de él que nos sigla protegiendo durante muchos siglos más.

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