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La rotonda del cojo

martes 15 de abril de 2014, 07:39h

El Ayuntamiento de la capital anuncia que alquilará miles de bicis eléctricas a los madrileños. Aplaudo la iniciativa. Andaba yo todavía en pantalones cortos cuando los Reyes Magos me trajeron la bicicleta. En realidad fue mi abuelo, un hombre de posibles, el pagano de tan espléndido regalo. ¡Qué bonita! Relucía anclada en mitad de aquel salón, pintadita de azul cobalto, con su alita lateral de chapa esmaltada, los guardabarros recién niquelados y un banderín español engalanando el manillar. Iluminados su faro central y su pilotito trasero, la maquina se ofrecía orgullosa al ciclista neófito. Jaleado por la familia, me acerqué a ella y apreté el pulsador del timbre. La concurrencia saludó con alborozo el ronroneo de la campanita.

Tapadita con una manta vieja, en el vestíbulo de mi casa, quedó aparcada la cabalgadura metálica a la espera de días más soleados. Yo vivía en Chamartín, a la vera del Estadio Bernabéu, en una barriada de edificios nuevos, aislada y desasistida, rodeada de tierras de labranza, descampados inmensos y algún que otro vertedero de cascotes y objetos inservibles. El paisaje se dulcificaba con la vecindad de antiguas colonias veraniegas y la proximidad de los frondosos pinares que entonces coronaban la Ciudad Lineal. Un velódromo perfecto para circular libremente en bicicleta.

Por aquellos años se urbanizó el distrito y nuevas calle asfaltadas e iluminadas, atrincheradas entre desmontes piramidales, aparecieron por todas partes. No tenían nombre, ni llevaban a destino alguno, ni acercaban a las gentes; pero a los chavales del barrio nos parecían el itinerario perfecto para organizar nuestra particular vuelta ciclista. Una de aquellas avenidas solitarias, llamada entonces y hoy de Costa Rica, terminaba en una inmensa rotonda. En los campos que circundaban la plaza se asentaba un arrabal arbolado de casitas bajas conocido como la Ciudad Jardín, un acuartelamiento de reclutas, un chamizo de bebidas y bocadillos, un bailongo popular y nuestro queridísimo alquiler de bicicletas. Atendido por un cojo mal encarado, aquel hombre no fiaba de prestado ni perdonaba a nadie la correspondiente fianza.

Los más cobardes de la panda desconfiábamos de los cacharros del tullido y practicábamos otras fechorías mientras los amigos corredores se aventuraban por los despoblados. A su vuelta, nuestro personaje repasaba minuciosamente las bicis, redondeaba la cuenta, cobraba sin remilgos y guardaba sus tesoros en el cobertizo. Y así fue como llegó el día y la hora de estrenar mi presente de Reyes. Acompañado por mi paciente padre, que había instalado antes unas ruedecitas auxiliares que impedían el vuelco, circulé encantado por las pistas de aquel callejero sin casas. ¡Qué maravilla! Cada golpe de pedal se convirtió en un vuelo rasante por los caminos cotidianos. Un buen día liberé la bici de la ortopedia que impedía balanceos indeseables y ambos nos entrenamos para viajar sin ataduras mecánicas. Giros amplios y abiertos, carreras cortas por el llano, pie a tierra cuando nos inclinábamos demasiado y algún que otro frenazo suavecito. ¡Qué divertido!

Terminaba las vacaciones estivales y decidí aprovechar uno de los últimos festivos para empacharme de bicicleta. Pedaleaba con arrogancia en una larguísima recta, sin obstáculo a la vista, cuando giré la cabeza para saludar a unas chiquillas vecinas. Aquella chulería de niñato presumido acabó malamente. Cuando recuperé el horizonte perdido, justo en el medio, había un árbol medio seco. El topetazo fue inevitable. Montura y caballero quedaron maltrechos en el suelo. Yo con la cabeza abierta, las gafas rotas y una tremenda raspadura en la pierna; ella con la rueda delantera fuera de su órbita, reventada y deforme, el faro hecho trizas y el manillar desencajado. ¡Qué desastre!

Mi bici terminó en un taller de la calle Segovia y en la casa de socorro un servidor de ustedes. Recuperados los dos, ella acabó arrumbada en un rincón y su conductor jamás volvió a montarse sobre dos ruedas. El cachivache abandonado finalizó en manos de mi primo y nunca más volví a verlo. Madrid no es una ciudad para bicicletas, con tantísimas cuestas que suben de la rivera del Manzanares a los barrios altos, un casco viejo estrecho y tortuoso, inviernos fríos y destemplados, automovilistas prepotentes y un enjambre de coches ocupándolo todo. Pese a lo dicho, la iniciativa de la Alcaldesa me parece oportuna y acorde con los tiempos. Es más, si acaso encuentro alguna de esas estaciones de alquiler prometidas, es muy probable que vuelva a intentarlo. Será como regresar a la rotonda del cojo.

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