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La Puerta del Sol

martes 04 de marzo de 2014, 07:39h

Me temo lo peor: convocados expertos variopintos a la noble tarea de diseñar una Puerta del Sol renovada, podría ocurrir que lugar tan entrañable quede nuevamente desfigurado. ¡Qué manía la de cambiar por cambiar el paisaje urbano que nos dejó la Historia! Aquí se adoran las zanjas, el pavimento levantado, el ruido y el polvo que provocan las taladradoras y las hormigoneras, los montones de escombros y las calles valladas. Después nada queda como estaba y cada alcalde elegido presume de su particular hazaña.

Pongamos la estatua en el centro, quitémosla después del medio; no me gustan las farolas, que me cambien el modelo; adoquinemos la plaza y ensanchemos las aceras, y así cabrán más terrazas y todos ganando saldremos; que me talen los arbolitos, que ahí no se aprecian nada; que siembren flores y plantas para arrancarlas a tiempo si los fríos las escarchan; desbaratemos el sitio con fuentes y marquesinas, finalmente desmontables si le molestan a alguien.

Aquella puerta que fue del Madrid medieval, abierta en la cerca que protegía las casuchas amontonadas fuera de las murallas, llamada del Sol porque por allí amanecía la estrella, se transformó en amplia explanada con el paso de los siglos. Lugar para el encuentro y las mercaderías, mentidero de la Villa en las escalinatas de la iglesia de San Felipe, enmarcada por conventos y entoldados, permaneció pueblerina y menestral hasta bien entrado el siglo XVIII. Por aquellos años, en 1766, el gobierno de turno decidió construir allí un elegante palacete al que llamaron Casa de Correos.

Aquella iniciativa modificó para siempre el trazado de la Puerta del Sol. El Palacio se edificó sobre una línea recta que unía la calle Mayor con la vía que hoy conocemos como Carrera de San Jerónimo, camino de entrada entonces para carretas y caballerías. Obra tan revolucionaria transformó lo que era un zoco de contornos difusos en una monumental plaza semicircular. La desamortización de Mendizábal, cien años después, en plena Restauración dinástica, provocó la subasta pública de innumerables propiedades de la Iglesia. Buena parte de las basílicas y conventos ubicados en el centro de Madrid se convirtieron en solares edificables.

Las demoliciones se multiplicaron en la Puerta del Sol y sobre las parcelas resultantes, localizadas en el arco enfrentado a la Casa de Correos, se cimentaron los edificios decimonónicos que aún quedan en pie. Basta con observar las ilustraciones y las fotos de distintas épocas para certificar los cambios ornamentales en la rotonda central. Ajardinada y arbolada, con su templete en el centro, se presentaba la Plaza a principios del siglo XX a los tranvías de mulas procedentes de los Madriles periféricos. Asfaltada y reducida, sacrificada al tráfico de trolebuses y coches, plana y gris, se la veía cuando se colocó en los años cincuenta la placa del Kilómetro Cero.

Cambios y más cambios. En nuestros días, mezclado lo antiguo y lo moderno, con la estación de metro más grande del mundo, socavadas sus entrañas, la Puerta del Sol espera otra cirugía municipal que le cambie la cara. Lo único que parece inmutable, imponiéndose al tiempo y sus desmanes, es el bullicio popular que hace de esa encrucijada uno de los escenarios imprescindibles de nuestro Madrid más querido.

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