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Florentino el urbanista

jueves 20 de febrero de 2014, 07:37h

Las actividades inmobiliarias de don Florentino Pérez aparecerán en los futuros tratados de urbanismo madrileño. Amparándose en el patrimonio del Real Madrid, Pérez ha modificado incluso el horizonte de nuestra capital. Hasta que nuestro mundo se acabe, ahí estarán para siempre las cuatro torres levantadas sobre los terrenos que albergaron la Ciudad Deportiva del club madridista. Aisladas y solas en la recta final del Paseo de la Castellana, inoportunas y prepotentes, erectas o retorcidas según se las mire, las gigantescas edificaciones se elevan sobre tropecientas alturas acristaladas. Acercándose a Madrid por las llanuras que lo rodean, se divisan en lontananza como un espejismo inexplicable.

Siglos antes de tal proeza arquitectónica, ocurrió que un caballero nombrado Conde Duque de Olivares, un espabilado más de los muchos que en España han sido, compró miles de fanegas en un villorrio amurallado que los Austrias ocupaban cuando venían de caza a Madrid. Vivía aquel noble tan pegado al Rey, que sabía todo lo que pensaba el monarca. Así supo que Felipe IV pretendía afincarse en Madrid acompañado de familiares y cortesanos, formidable mudanza que precisaría de pisos nuevos y parcelas donde construirlos. Dicen que el citado conde se forró y que aquel poblachón se transformó en Villa y Corte. Faltaban muchísimos años aún para que Florentino naciera.

Tuvieron que llegar los Borbones para que Madrid se adecentara y se convirtiera en una ciudad presentable. Aún se discute si Carlos III fue o no un buen rey, pero nadie le niega sus cualidades como alcalde. Aquel saludable personaje ideó los amplios paseos que desbordaron el casco antiguo, decretó el saneamiento integral de las cloacas y ordenó que se construyeran palacios, plazas monumentales y puertas de piedra en los caminos principales, obras públicas acordes con el imperio que gobernaba. Pasados los años y metido ya en faena, enriqueció la Villa con academias ilustradas, museos extraordinarios, jardines botánicos, bancos y teatros. Florentino nos dejará cuatro rascacielos impertinentes.

Los grandes hacedores se merecieron siempre el honor de rotular una plaza céntrica y hermosa. Con tal distinción se glorificó la memoria del Marqués de Salamanca y es muy posible que Pérez goce algún día de un agasajo semejante. ¿Qué comparaciones son esas, señor González? -me replicarán ustedes-, pero yo les aseguro que tal futurible se cumplirá. He paseado mucho por las cuadriculas perfectas del barrio de Salamanca, cuajadas de mansiones armónicas y señoriales, enmarcadas por avenidas rectilíneas que fueron bulevares arbolados hasta bien entrados los años sesenta del siglo pasado. Parado ante los escaparates lujosísimos de sus innumerables comercios, me tentaba incauto los bolsillos. Camino siempre del Buen Retiro, he disfrutado del buen comer y de las mejores holganzas que ofrecía y ofrece un lugar tan señalado. Desde allí no se ven las torres de Florentino.

El distrito que acabo de describir se lo debemos a un congénere de película romántica. Les hablo del malagueño don José de Salamanca Mayol, recordado por su título de Marqués de Salamanca, médico y financiero, viajante empedernido, experto en monopolios y concesiones reales, prestamista internacional y maestro de la especulación en bolsa. En 1864 invirtió su fortuna, cuatrocientos millones de reales, en la compra de varios kilómetros cuadrados en las vegas que entonces se extendían más allá de la Puerta de Alcalá. Allí se hizo la barriada más modernista y elegante de Madrid. Para unirla con Cibeles, el Marqués fundo incluso la primera línea de tranvías. El gusto por el ladrillo que caracteriza al constructor Florentino Pérez, tiene profundas raíces en Madrid.

Trazada con escuadra y cartabón sobre los planos del viejo caserío de Centro, se dibujó la Gran Vía. Tal ocurrencia, imaginada por los arquitectos López Sallaberry y Francisco Palacios, aconteció en los primeros años del siglo XX, siendo Francos Rodríguez regidor de Madrid. Derribaron trescientas casas y las cuentas municipales quedaron arruinadas. Cuando se inauguró, veinte años después, la calle de Alcalá quedó unida con Argüelles y nuestra urbe adquirió un toque neoyorquino. En este breve recuento de episodios que cambiaron Madrid, recordemos también la recuperación de las barriadas obreras hecha por Enrique Tierno y el soterramiento de la M-30 impulsado por Gallardón.

Florentino Pérez quiere ahora cubrir el Bernabéu, convertirlo después en un parque temático y regalarnos un fabuloso hotel pegado al engendro resultante. Lo dicho, este hombre pasará a la historia del urbanismo madrileño.

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