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Violines y camisetas

viernes 07 de febrero de 2014, 08:30h

Que un edificio de Madrid, emblema de la Gran Vía, cuente con la máxima protección en el catálogo de inmuebles históricos y artísticos, no significa nada para nuestros regidores municipales. Que una Fundación, financiada con los beneficios de una caja pública, que fue de los madrileños y ahora es del Estado, haya invertido una millonada en adecentar un palacio para convertirlo en un centro de arte y cultura, tampoco parece suficiente para comprometer políticamente al Ayuntamiento de Madrid. Ya denuncié en Madridiario el intento de convertir el Palacio de la Música en un baratillo de ropa, pero nada se ha hecho para remediar tal tropelía.

Desde entonces, muchísimas sensibilidades defensoras de nuestro patrimonio urbano y comunal, admiradoras de un escenario tan espléndido, se vienen movilizando para impedir la incautación vergonzosa de otro trocito de la memoria de Madrid. La alcaldesa Botella, desgraciadamente, no figura entre los combatientes. Desde que se descolgaron de la fachada los cartelones pintados por Enrique Herreros, reclamo de maravillosas sesiones de cine, para clausurar después la sala más hermosa y grande de Europa, los militantes de la Gran Vía nos temimos lo peor.

A pesar de aquellos malos augurios, pasado el tiempo, los andamios se anclaron a las paredes del Palacio y los obreros comenzaron a trabajar dentro: la prometida restauración del monumental anfiteatro había comenzado. Años después, ejecutada gran parte de la obra diseñada, la caja propietaria del edificio quebró, su Fundación quedó en el limbo administrativo y nuestro Palacio de la Música a disposición de los especuladores inmobiliarios. Tampoco entonces se hizo nada para preservar la institución.

Las desgracias que muchos profetizamos por aquellos días, conocedores como somos de la falta de escrúpulos de muchos patronos y escaldados por tanta inoperancia gubernativa, se van a cumplir inexorablemente. "La cultura es un bien del que se puede prescindir", piensan los unos y los otros; algo superfluo que debe administrarse a la ciudadanía con muchísima cautela. "Pan y fútbol"- piensan ellos- "eso es lo que necesitan". ¿Para qué querrán los vecinos del centro una sala de conciertos? Lo que se necesita allí es un almacén de prendas baratas.

El Palacio ha sido condenado por los sucesores de aquellos ejecutivos, públicos y privados, que arruinaron Caja Madrid. Nuestras autoridades regionales y locales, cómplices pasivos de tales manejos, van a firmar ahora el finiquito sin que les tiemble el pulso. Para todos ellos, fríos gestores de la miseria, el Palacio no es un bien cultural, una herencia patrimonial de los madrileños; es un activo que debe rentabilizarse para tapar los innumerables agujeros que dejaron en Bankia. Una vez vendido, establecido de antemano que allí no se puede levantar un rascacielos, lo que se haga con lo subastado les importa a todos un rábano.

Cuando se haya consumado el expolio, poco importará ya la identidad de los tenderos compradores, pero me aseguran que hoy en día el mejor postor es una empresa catalana. ¿Imaginan ustedes lo que se montaría en Barcelona si alguien pretendiera convertir el Liceo o la Casa Batlló en un mercado de vestimentas y bagatelas para naturales y extranjeros? "¿Cómo se le ocurre a usted, en los tiempos que corren, plantearnos una comparación tan absurda y disparatada?" - me reprenderían de inmediato. "Pues tan absurdo y disparatado como hacerlo en nuestro Palacio de la Música" - respondería yo.

El Presidente de la Comunidad don Ignacio González, amparando a los ciento sesenta mil profesionales que aún trabajan en el sector, acaba de pedir una rebaja del IVA cultural. Yo le recomendaría una medida más: "Presidente, defienda los centros que podrían dar trabajo a muchos más". Algunos concejales, para endulzar el trágala, puntualizan que se reservará en la futura tienda una zona para actividades culturales. Un bodrio de esas características bien podría rotularse así: VIOLINES Y CAMISETAS. ¡Salvemos el Palacio de la Música!

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