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Cuestión de altura: Delirium tremens

jueves 30 de enero de 2014, 11:19h
La sala II del teatro Español ofrece hasta el 16 de febrero un original montaje: 'Cuestión de altura', de Sandra García Nieto. Es una agradable sorpresa en un panorama teatral bastante convencional y sin apenas riesgos en las llamadas salas comerciales.
  • Cuestión de altura

    Cuestión de altura
    Antonio Castro

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    Antonio Castro

Rubén es un joven siquiatra guapo, atlético, triunfador en el trabajo y conquistador empedernido. Un hedonista pagado de sí mismo que un día, tras una monumental borrachera, amanece transformado en un hombre de 1.50, casi calvo y -¡gran drama!- argentino. A partir de ahí el personaje se desdobla para intentar analizar las causas, inmerso en un proceso que lleva a un delirium tremens en escena cuando van acumulándose los fantasmas de su corto pasado. Una especie de metamorfosis kafkiana pero con muchísimo humor, aunque salgan a la luz el desencuentro con el padre, el sufrimiento de la madre, oscuros episodios en el colegio u opiniones de su entorno. Rubén es un ejemplo de ego desmedido, del afán por ser el primero a costa de cualquier renuncia. Solo en las escenas finales la reflexión se serena en un amargo reconocimiento de su realidad.
Rubén Cano, el director, ha planteado una puesta en escena frenética, trepidante, con un eficaz juego de espejos y una especie de coreografía que nos permite creer, cuando los dos personajes están juntos, que son la misma persona. El teléfono, ese invento que también revolucionó la acción teatral, es el medio para introducir personajes y situaciones. Hasta que Graham Bell lo inventó, se necesitaban personajes secundarios que intervinieran en el desarrollo de una obra. Después bastó con fingir que se recibía una llamada en escena. Hay ejemplos numerosos del protagonismo de este aparato. Juega un papel importante, por ejemplo, en 'Llama un inspector'. Y en 'La voz humana' es el segundo protagonista.
Todo en escena está medido salvo, quizá, el actor Tomás Pozzi que, en algún momento, debería tranquilizarse para evitar la sensación circense en algunas escenas. Pero esta consideración mía no resta atractivo a su formidable interpretación. Como argentino de nacimiento coloca con suma eficacia los chistes sobre su idioma. Y acaba desarrollando un personaje desvalido, desconcertado por el peso de su pasado. Enfrente tiene a Martiño Rivas, en su tercera aparición escénica. La suya es una excelente interpretación en todos los sentidos. Desde su entrada en escena, con el monólogo de la borrachera, evidencia un gran progreso y una total seguridad en el escenario. Puede estar en la línea de los grandes galanes del teatro español, desde Rabal a Carlos Ballesteros. Y, además, no salir en el empeño arrollado por Pozzi ya es también muy meritorio.
'Cuestión de altura' es un montaje teatral cuidado, original en muchos planteamientos, y excelentemente interpretado. En estos tiempos, ya son suficientes méritos.
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