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El malo de la película

miércoles 22 de enero de 2014, 07:57h

No me explico la afición que tiene Ignacio González a representar el papel de malo de la película. Las características físicas de nuestro personaje no le dan para encarnarse como un galán maduro, pero tampoco le obligan a desempeñarse como el hombre duro de nuestra historia madrileña más reciente. Rodeado de consejeros jóvenes y apuestos, atildados con lo último que despacha la moda pija, el Presidente se manifiesta siempre con los ademanes y los gestos de un actor de carácter.

La hoja de servicios que González nos presenta en público es bastante buena, aunque no sea capaz de aplicarse con el gracejo y el carisma que utilizaba la lideresa Esperanza Aguirre. Aquel desparpajo impostado se ha sustituido por el manierismo tristón de don Ignacio, carencias que no le impiden gobernar nuestros asuntos con cierta eficacia. Le pierden, sin embargo, sus obsesiones liberales y la falta de cintura para regatear los conflictos que provoca su contumacia ideológica.

La Comunidad de Madrid ha cumplido con los objetivos de control presupuestario establecidos por Montoro, crece económicamente por encima de la media nacional, mantiene los índices de paro por debajo del porcentaje estatal y atrapa las inversiones más importantes que llegan a España. A pesar de los recortes, el nivel de asistencia sanitaria o los rendimientos escolares son más que aceptables. ¿Qué necesidad tiene entonces de cabrear al personal con privatizaciones discutibles y otras mandangas partidistas?

Tampoco entiendo muy bien que se meta en el mismo saco electoral a González y Botella, asociándose de esta forma sus destinos como si fueran un dúo inseparable. Nada tienen en común la gestión de González, por mucho que se le acumulen en las calles las mareas descontentas, con las chapuzas municipales de su colega político. González es incapaz de negociar con los que le critican y un negado si la cuestión es rectificar después. Practica el autismo cuando la contestación popular se generaliza, pero tan clamorosa incapacidad no debe compararse con los errores acumulados por la Alcaldesa de Madrid.

A pesar de los esfuerzos que invierte para ganarse a sus jefes, tampoco goza de buena imagen en los despachos enmoquetados del Partido Popular; desventura que disimula con las tablas adquiridas a lo largo de tantos años de oficio interpretativo. Varias veces ha retorcido la mano que agarra la sartén por el mango y sus discrepancias no se soportan con benevolencia por los que mandan. Considerado siempre, ahora mucho menos, como un paladín de su madrina en las justas que Aguirre emprendió contra Gallardón y Rajoy, contemplado como una torre en el tablero donde se disputó la presidencia de Bankia, convertido después en el heredero indeseable de Aguirre, siempre ha sido un individuo que desataba las antipatías entre los mandatarios conservadores. Este tipo de implicaciones no se perdonan nunca.

González se juega su futuro en la ruleta caprichosa de la rentabilidad pública y podría terminar en la lista de emigrados al Parlamento Europeo, un viaje que compartiría con otros presidentes autonómicos tan amortizables como él. Sería sustituido finalmente por aspirantes como su consejero Soria o la indispensable Cristina Cifuentes. Si yo estuviera en su pellejo, Dios no permita tamaña penitencia, descabalgaría el corcel negro que recorre la meseta madrileña y resolvería los contenciosos que abarrotan de manifestantes nuestra avenidas. Le recomendaría también que revisara la filmografía de Frank Capra, pues es muy probable que encontrara un "Caballero sin espada", mucho más rentable que su tan peculiar y amada versión de malo de la película.

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