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Navidades en Madrid

jueves 19 de diciembre de 2013, 16:56h

Aunque parezca que subimos las últimas cuestas del Gólgota, vivimos ya los días esperanzados del Adviento navideño. Las calles de nuestras ciudades parecen más apagadas que otros años, apenas hay guirnaldas plateadas enmarcando las cristaleras de las tiendecitas de barrio, los besugos de la Nochebuena nos miran tristes desde los mostradores de las pescaderías desiertas y los lechoncitos esperan un buen horno que justifique un sacrificio tan temprano. Los tenderos, con las manos escondidas en los bolsillos, aguardan un milagro de la Navidad que les permita vender tanto género almacenado.

He paseado un año más por el mercadillo popular de la Plaza Mayor, tan abrigado y sorprendido como siempre, agarrado fuertemente a las manos invisibles de mis padres desaparecidos, con los ojos bien abiertos para no despistarme, tal y como ellos me aconsejaban. He vuelto a escuchar el ritmo trepidante de las panderetas y el graznido irritante de los matasuegras.

Por los cuatro costados del recinto se incorpora nuevamente los grupos de amigos y compañeros convalecientes aún de las comilonas organizadas a la sombra de las celebraciones más sentidas. Las figuritas de barro, alineadas por tamaño y oficio, acompañadas de animalitos cerámicos, rodean los misterios entrañables y los tríos de Reyes Magos acomodados en sus camellos. Nos miran impávidos, sin enterarse muy bien de lo que está pasando por estos pagos. En los rincones más resguardados se agrupan las familias gitanas que venden capas lustrosas de musgo, hatillos de corcho y pinitos ensogados. Se reúnen al calor de las hogueras y nos sorprenden con esa alegría indispensable en navidades.

He completado la mañana parando en todos aquellos lugares imprescindibles donde suelo recalar cuando llegan estos días singulares. Un pinchito de bacalao en Labra, una tacita de caldo caliente en Lhardy y varias raciones de esas casquerías refinadas que se cocinan en la calle de la Cruz, refugios obligados antes de llegar, carrera de San Jerónimo abajo, a Casa Mira y pegar la nariz a sus escaparates para contemplar, otra vez, la plataforma giratoria donde se muestran las delicias y turrones que allí se fabrican.

Convenientemente almorzado, me he dejado caer por las jugueterías y los bazares de Sol, repletas de mercancías maravillosas y de gentes dispuestas a gastarse los ahorros en ese capricho que todavía pueden permitirse. Antes de descender por las escaleras del Metro, me he acercado a las loteras que cantan esos números de la suerte capaces de resolverle a uno la vida, y he mirado de reojo el fantástico reloj que muy pronto certificará el final de un año para olvidar.

En este deambular nostálgico por mi particular belén madrileño, me habré cruzado con cientos de parados , con pensionistas abrumados que vuelven a sentirse jóvenes en estas fechas, con muchachos sin futuro, con batas blancas escapados de sus trincheras reivindicativas y con muchísimos ciudadanos temerosos de Dios y de lo que pueda pasar en sus empresas. También he visto a muchos niños, alegres y alborotados, con la cara iluminada por la ilusión de lo que vendrá y la proximidad de todos los suyos.

Llegando a casa, he cedido el paso a una pareja de viejos, amarrados el uno con la otra, apoyándose mutuamente para mantenerse más seguros, acarreando bolsitas con regalos, polvorones, botellas de sidra y un suculento pavo. Parecen dispuestos a celebrarlo. Por todos ellos, por nuestros mayores y nuestros hijos, pasemos unas Fiestas extraordinarias.

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