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Freno y marcha atrás

lunes 16 de diciembre de 2013, 11:17h

El PP madrileño ha puesto en marcha una nueva forma de hacer política. Consiste en proyectar ocurrencias, anunciarlas, aprobarlas y al final desdecirse y rectificar. Empieza a conocerse como la política del freno y marcha atrás.

Escasas veces sucede por decisión propia (quitar y reponer las letras de Fernán-Gómez en su teatro, por ejemplo, o reponer obras censuradas en una exposición en Matadero); otras, por escándalo ciudadano y denuncia de la oposición (despido de trabajadores y posterior readmisión, desdecirse en privatización de espacios escénicos); y la mayoría de las veces porque sus previsiones y negocios público-privados son tan descabellados o inverosímiles que la imagen nacional e internacional de Madrid está llegando a los mismos niveles de popularidad que la de Ana Botella entre los madrileños.

No es sólo que Madrid perdiera los JJOO de 2020 ni que el filibustero Adelson se haya retirado de su proyecto de juego, promesas y fuegos de artificio en el llamado complejo Eurovegas. Ni siquiera que nadie entienda la concesión de una vía pública a Margaret Thatcher o que se rechace la sustitución de los nombres que desatienden la ley de la Memoria Histórica en el callejero urbano. El drama de Madrid es que empieza a proyectar una imagen antigua, a veces casposa, mientras creíamos que esa mugre había quedado definitivamente atrás en la década de los 80.

Las urgencias son malas consejeras. Y Madrid está gobernado hoy por quienes hacen de la prisa un mérito para colocarse en buena posición en la línea de salida de las candidaturas de 2015, un pleito familiar que están pagando los madrileños. Porque se apresuran a inventar y aprobar con su mayoría absoluta cuanto se les ocurre sin dejar tiempo para madurar la idea ni para maquillar el posible ridículo posterior, tanto da que se trate de una desproporcionada subida de multas, de un casting para músicos callejeros, de convertir Canalejas en un decorado o de poner en las muñidoras manos de cualquier inversor edificios y servicios que pertenecen a todos los madrileños.

Ya avisó Tomás Gómez de que Eurovegas no vendría a Madrid, y fue insultado por decirlo. Sabía lo que decía. Y ya anunció Jaime Lissavetzky que la ausencia de políticas culturales estaba desmoronando Madrid. Sabía lo que decía y por qué lo decía. Mientras, los legítimos poseedores de las mayorías absolutas siguen jugando a gobernar con el freno puesto y lista la marcha atrás, por si conviene a sus intereses electorales.

Pobre Madrid.

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