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La zambomba de Lasquetty

jueves 12 de diciembre de 2013, 18:01h

Sólo un político aparentemente indocumentado -por no aplicarle un calificativo más recio y malicioso que me callo- podría proponernos la ejemplaridad del sistema público de salud que ahora padecen los ciudadanos británicos: un modelo caracterizado por la ruina económica y el desastre asistencial, el escombro resultante de una obra pionera y admirable triturada después en la hormigonera liberal de los conservadores vecinos. Fijarse en lo que peor funciona no parece lo más inteligente y menos aún cuando se administra el patrimonio sanitario de toda una Comunidad. Tener como objetivo lo que ha quedado tan maltrecho en el Reino Unido, por muy averiado que parezca lo nuestro, es una aspiración inexplicable, sea quien sea el que así se manifiesta, aunque se nombre Javier y se apellide Fernández-Lasquetty, Consejero de Sanidad que sigue siendo por la gracia de nuestro presidente Ignacio González.

El paroxismo ideológico de Lasquetty, avanzado discípulo de sus antecesores en la Consejería, no tiene tratamiento posible y los efectos de una fijación tan acusada se advierten ya en toda la sanidad pública madrileña. Ahora le ha tocado la china a los médicos fijos que trabajan en la Administración regional. Todos estaríamos mejor, galenos y sufridores, si los primeros no fueran funcionarios. Sujetos a las sacrosantas leyes del mercado y fustigados por la competitividad profesional, se verían obligados a incrementar la productividad en todo el sector. A cambio de tanto esfuerzo añadido, disfrutarían de los incentivos que según Lasquetty se reparten generosamente en las empresas privadas. Doctores más activos, mejor cualificados y con ingresos directamente relacionados con la cantidad de diagnósticos que sean capaces de certificar. Lasquetty vuelve a mirarse en el espejo empañado de la Gran Bretaña para justificar sus teorías.

Recientemente, acosado por innumerables denuncias y multitud de reportajes de una crudeza extrema, el primer ministro Cameron tuvo que pedir disculpas en el Parlamento de Londres por el deterioro de la asistencia hospitalaria en muchos centros privatizados: compatriotas ingresados muertos de frio, sucios y mal alimentados, agravados por la inoperancia generalizada de facultativos y sanitarios, testigos mudos todos ellos de un fracaso político sin paliativos. Un panorama desalentador que no me gustaría divisar por estos lares. Bastaría con preguntar a cualquiera de los muchísimos madrileños afincados en aquellas tierras, sean estudiantes o sean currantes, para informarse de lo que allí ocurre cuando el ciudadano enferma o se accidenta. No ha sido éste el único trago amargo que Cameron se ha bebido públicamente, también tuvo que pedir en la Cámara de los Comunes suplementos presupuestarios para evitar la quiebra de las compañías concesionarias de tales servicios.

Malos antecedentes para que aquí se implante una reforma sanitaria inspirada en un fiasco tan calamitoso. Por el momento, de nada han servido los argumentos contrarios que muchos especialistas han puesto sobre la mesa, tampoco las manifestaciones criticas desplegadas por nuestras calles, alternativas y protestas que Lasquetty ha descalificado tachándolas de políticas, cómo si esto último fuera pecado en una democracia representativa. En las cunetas de la senda emprendida han quedado ya la externalización de muchos servicios esenciales, el intento fallido del cobrar un euro por receta, el alquiler de instalaciones comunitarias a compañías que han convertido la necesidad en un negocio y el desvío a clínicas privadas de muchos enfermos que hasta hoy eran atendidos en el sector público. Por si fuera poco, contra viento y mareas blancas, fueron capaces de legislar la privatización de hospitales y centros de salud, una operación que aun depende del veredicto final de los jueces.

Lasquetty viene tocándonos la zambomba, sin respetar las festividades que marca el calendario, desde que se estrenó como gestor público y no me extrañaría lo más mínimo, llegada la Navidad, que redoblara el manoseo de tal instrumento. Si así continuara, tan desentonado como siempre, es muy posible que algún angelote se descuelgue del Pesebre y lo mande con la música a otra parte.
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