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El posturas

lunes 02 de diciembre de 2013, 12:19h

La Comunidad de Madrid ha perdido al senador Tomás Gómez. Los socialistas madrileños andan siempre regañados con el mundo y a la greña entre ellos, maldición que les acompaña desde el mismísimo día en el que Franco murió. Por aquellos años precisamente se fusionaron los supervivientes históricos del PSOE de Madrid, los llamados socialistas del interior, las agrupaciones de convergentes, los dirigentes del sindicato de estudiantes, los militantes del PSP de Enrique Tierno y una multitud de progres barbudos que pasaban por allí. Una amalgama sobrevenida al calor del poderío electoral de un emergente Felipe González, instalado ya en Madrid con el apoyo político y financiero de toda la socialdemocracia europea, el único líder de la izquierda moderada española al que veían capaz de neutralizar la experimentada fortaleza del entonces poderoso Partido Comunista.

La criatura nunca se recobró de un parto tan forzado y fue creciendo victima de los males provocados por tantos protagonismos insatisfechos. Aunque nunca se impusieran las siglas del PSOE a las tribus socialistas agrupadas en Madrid, aunque fueran primero Federación Socialista Madrileña y Partido Socialista de Madrid después, aunque las distintas corrientes que dentro convivían se bautizaran de una forma o de la otra según conviniera a los abanderados de cada discrepancia, el PSOE de la Comunidad de Madrid siempre fue una fuerza inestable, una porción de nitroglicerina peligrosa capaz de explotar a poco que se moviera el invento.

Joaquín Leguina y Enrique Tierno, apoyándose ambos en la representación política que siempre tuvieron los comunistas, consiguieron estabilizar el atípico conglomerado durante los años de sus mandatos en la Comunidad y Ayuntamiento capitalino. Tuvieron que soportar, sin embargo, las andanadas de los que no estaban en el machito y querían estar, y de todos aquellos que figuraban pero que pretendían otros jefes distintos. Cuando la carroza fúnebre se llevaba a Tierno camino del cementerio, aclamada por una muchedumbre de admiradores, en la comitiva se adivinaban ya las disputas internas que minarían después a Juan Barranco y propiciarían consecuentemente la mayoría absoluta del PP. Uno de los grupos encuadrados en la Federación, el que encabezaba Gómez Llorente, guardián de las esencias del socialismo republicano, a punto estuvo de retirar a Felipe González cuando este propuso el abandono del marxismo. Obligado a convocar un congreso extraordinario, González impuso la reforma y su famosa frase de "hay que ser socialista antes que marxista". Así se las gastaban los socialistas madrileños.

Joaquín Leguina gobernó Madrid desde que la Diputación Provincial se transformó en Autonomía y hasta el día en que la izquierda perdió su mayoría natural en la región. Durante muchos años, con sus propias fuerzas primero y con la ayuda de Izquierda Unida después, demostró un talante intelectual y una inteligencia política sin parangón. Tuvo que gobernar esquivando el acoso brutal de los guerristas y de sus comparsas desleales, fieles todos ellos a la trayectoria cainita del partido en Madrid, pero aguantó varias legislaturas en su destartalado despacho del vetusto palacete de la Puerta del Sol.

Leguina se despidió inmolándose en las urnas, sacrificándose por un partido que nunca le hizo la vida fácil y a sabiendas de que todas las encuestas le pronosticaban una derrota incuestionable. Tampoco se hizo caso de una declaración tan rotunda como la que formuló anticipadamente: "mi madre no me parió Presidente de Madrid". Desde entonces, pasados ya tantos años, perdido también el cinturón rojo de la capital, los socialistas madrileños sobreviven en la oposición. El advenimiento periférico del alcalde más votado de España, el hombre que regaló a Parla el tranvía más reluciente que imaginarse pueda, animó a los deprimidos herederos de Pablo Iglesias. Visto lo visto, Tomás Gómez no ha conseguido superar los enfrentamientos con Ferraz, primero con Zapatero y después con Rubalcaba, ha distribuido jarabe de palo entre los discrepantes y ha marginado a los disidentes. Tampoco ha mejorado los resultados electorales, personalizando incluso las peores marcas posibles, aunque tal calamidad haya que enmarcarla en el desastre generalizado del zapaterismo.

Demasiados fuegos de artificio para tan poca fiesta política. En las terrazas veraniegas que rodeaban el viejo coso de Vista Alegre, terminadas las corridas que allí se festejaban, un personaje de alcurnia se paseaba por el lugar toreando de salón. Con mucho salero y algo de arte reproducía las faenas ejecutadas en el ruedo vecino. Los contertulios, acomodados en los veladores, jaleaban y aplaudían a tan insigne artista. Aquel buen hombre se ganó el apodo de "El posturas". Tan pintoresco simulador me ha venido a la memoria contemplando el forzado postureo con el que se adorna Tomás Gómez.

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