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El último jinete: brillante envoltorio

domingo 16 de diciembre de 2012, 00:00h
'El último jinete' es un nuevo musical creado en España que se estrena en los teatros del Canal hasta el seis de enero. Se pretende que esta breve temporada madrileña sirva como plataforma de lanzamiento para una posterior gira internacional. La producción es ambiciosa, cara y representada por un elenco solvente de buenos profesionales de este género.
Ray Loriga ha escrito el libreto inspirándose en una leyenda árabe. Tirad, un beduino sin recursos, aspira a conseguir el más hermoso corcel para entrar en la historia. Realmente su idealizado caballo es la ilusión, el afán de superación, la aventura. En la búsqueda del ideal acabará encontrando también a la mujer de sus sueños, tras aventuras de todo tipo de las que, generalmente, sale esquilmado.

“El último jinete” tiene un excelente decorado que funciona como un reloj y en el que se combinan las proyecciones con el armazón corpóreo. La iluminación es apabullante y el vestuario, de Yvonne Blake, bellísimo. No hay duda de que se ha manejado un presupuesto elevado y el nivel final de la producción lo acredita. Sobre el escenario casi una treintena de solistas, cantantes y bailarines. Una buena orquesta en el foso. Todos se esfuerzan e, incluso, brillan en varios momentos. Pero el espectáculo no acaba de enganchar, de emocionar. Seguramente la historia no resulta interesante y mezcla tantos avatares que la peripecia del protagonista se dispersa y el ritmo decae. Además, cuando parece que quieren presentarnos un espectáculo de aventuras, todo tiene un tinte de gravedad que lastra la posible diversión. En la segunda parte parece que se quiere recurrir a los mimbres clásicos del musical y se incluyen números como el de tap dance, que son espectaculares, pero que no tienen nada que ver con la historia. Para rematar, aparece hasta un remedo de Jack el Destripador. Por otra parte, creo que no se le saca suficiente partido al excelente invento del caballo, protagonista de las imágenes más hermosas del espectáculo.

Las canciones están firmadas, según el programa, por John Cameron, Barry Manson y Albert Hammond. Y digo las canciones porque este musical no tiene una gran partitura al uso del género, con oberturas, transiciones, leitmotiv, solos espectaculares…  Se trata de una colección de temas sin ninguna unidad. Hay baladas hermosas, como “Vuelve a soñar” que cantan estupendamente Solano y Fernández. O “Lo que soy”, a cargo del protagonista, que se luciría mucho más si el volumen orquestal no sepultara su voz. Luego aparecen unos compases extraordinariamente parecidos a “Como una ola”, la canción de Herrero y Armenteros que popularizó Rocío Jurado.

La numerosa compañía resulta ser lo mejor del musical. Los protagonistas ya se han curtido en producciones como “Mamma mía”, “El fantasma de la ópera”, “Jeckyll and Hyde” o “Jesucristo Superstar”. Precisamente por esta última Miquel Fernández recibió una de las ovaciones más clamorosas que se han escuchado en la Gran Vía tras cantar “Gestsemaní”. Marta Ribera domina todas las claves del musical y se nota. Pero al resto de la compañía no se le puede poner el más mínimo reparo. Todos están bien y luchan por sacar adelante la aventura. Normalmente, en Estados Unidos, cuando se afronta un nuevo musical, suele representarse por diversas ciudades antes de llegar a Broadway. En esas funciones previas se estudia la reacción del público y se va modificando lo que falla o aburre. Ese trabajo previo –añadido al periodo de ensayos- no garantiza el éxito pero sí pule aspectos que podrían ser devastadores para la presentación final.

Seguramente de “El último jinete” se puede lograr un excelente espectáculo pero, desde mi punto de vista, necesita otra vuelta de tuerca para resaltar los bastantes aciertos y minimizar lo superfluo.
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