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Crítica teatral.- Doña Perfecta: drama ¿decimonónico?

Crítica teatral.- Doña Perfecta: drama ¿decimonónico?

domingo 04 de noviembre de 2012, 00:00h
Vuelve “Doña Perfecta” a la escena madrileña para la que fue alumbrada en febrero de 1896 (Teatro de La Comedia). La nueva versión de la novela galdosiana es de Ernesto Caballero, director, también, del montaje que puede verse en el teatro María Guerrero hasta el 30 de diciembre.
La última referencia de un montaje escénico sobre este personaje data de 1937 cuando, en plena Guerra Civil, Elvira Noriega lo representó en el Español. Su resurrección se debe a un interés del director del CDN de recuperar el teatro de autores como Valle o Benavente, que marcaron el cambio de la escena en las primeras décadas del siglo XX.

En su novela, Pérez Galdós presenta una sociedad cerrada, opresiva y opresora, controlada férreamente por el clero y las “fuerzas vivas”, encarnadasen Doña Perfecta. Pero también cuenta el deseo de la localidad de Orbajosa de mantener su propio estatus (¿Autonomía?) frente al gobierno central de la nación. Al final, el ejército será enviado para sofocar a los independentistas, aunque su presencia no evitará el drama personal del protagonista.

Los dramaturgos de final del XIX gustaron de inventar ciudades en las que situar la acción, en un intento –vano- de no enfadar a sus paisanos, que podrían verse retratados en la escena. Así Galdós crea Orbajosa, Clarín hace lo propio con Vetusta y hasta Benavente sitúa sus dramas en Moraleda. Siglos antes todos los males en el teatro pasaban o venían de Polonia.

“Doña Perfecta” es un fresco sobre la intolerancia, sobre la intromisión en las vidas ajenas amparada en la moral y las buenas costumbres. En Orbajosa todos atentan contra esa moral, pero sin que se sepa. Todos callan mientras no se dé motivo de escándalo público. Por eso la llegada del liberal Pepe Rey para casarse con su prima comienza a minar los cimientos. Y Doña Perfecta no puede consentirlo. Teje  su alrededor una tela de araña que terminará por asfixiar al joven.

Ernesto Caballero, en una escenografía incomprensible, presenta esta sociedad podrida sin tapujos. Primero con un cierto humor, propiciado porque los orbajosenses no creen que Pepe Rey sea una amenaza. Se burlan de su ilustración. Pero cuando éste saca las uñas, los otros desempolvan los fusiles. No sé si para resaltar la atemporalidad de estos vicios de localidades pequeñas, los personajes comienzan vestidos como en nuestros días para ir transformándose hasta las modas del XIX. Una plataforma circular, como la de un carrillón, los van entrando y sacando de la vista del espectador.

Siendo, formalmente, un drama decimonónico, echo en falta un cierto desmelenamiento, una gran escena trágica al gusto de la época. La protagonista lo pide y Lola Casamayor tiene facultades sobradas para dejar al público clavado en la butaca. Ella e Israel Elejalde destacan en el reparto. Su largo cara a cara tiene auténtica tensión y pulso teatral. Curiosa la presencia de “las Troyas” a modo de coro griego.

El desaparecido José Luis Alonso solía afrontar textos como este con la visión de un entomólogo, diseccionando sus formas hasta presentarlas como en formol. Presenciar, por ejemplo, su “Rosas de otoño”, era como estar en un museo vivo de un arte ya superado. Caballero opta por intentar hacerlo más natural, aunque con ello puedan chirriar los elementos caducos. Así, en algunos momentos, tenemos la impresión de estar ante una zarzuela, de que algunos actores se van a poner a cantar una romanza tras el párrafo del gracioso.

A principio de enero llegará a este escenario “Yerma”, con dirección de Narros. Un salto de cuarenta años en el tiempo pero en el que apreciaremos que la España profunda seguía igual. Aunque, teatral y literariamente, sea otra cosa.
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