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Sonrisas y lágrimas: lo bien hecho

Sonrisas y lágrimas: lo bien hecho

Realmente el musical 'Sonrisas y lágrimas' solo se ha montado antes una vez en condiciones aquí, en España. Fue el año 1968, en el teatro de La Zarzuela, con el galán cinematográfico Alfredo Mayo como el capitán Von Trapp. Ahora vuelve con toda dignidad al teatro Coliseum dirigido por Jaime Azpilicueta. En los papeles centrales, Silvia Luchetti, Carlos Hipólito y Noemí Mazoy.
A la hora de acudir a ver este espectáculo hay que liberarse de prejuicios. “Sonrisas y lágrimas” desarrolla una historia que provoca exactamente lo que indica el título en castellano, aunque originalmente sea “The sound of music” (El sonido de la música). La película que protagonizaron Julie Andrews y Christopher Plummer fue un gran éxito mundial. Las aventuras de los siete niños Von Trapp y su idílica niñera conquistaron el mundo. Han pasado casi cincuenta años de eso y, tal vez, hoy nos parezcan ñoñas. El trasfondo de resistencia a la invasión nazi en Austria, que protagoniza el capitán, solo toma fuerza en las escenas finales.

Pero este título clásico de Rodgers y Hammerstein II es teatralmente muy eficaz y musicalmente extraordinario. Todas y cada una de sus canciones fueron populares y todas se quedan inmediatamente en la memoria. El público sale, indefectiblemente, tarareando el “Do, Re, Mi”. Y son, así mismo, obras maestras el preludio y el intermedio, con una orquestación insuperable.

El montaje madrileño es luminoso, divertido, entrañable. Desde el primer momento se aprecia el acierto de utilizar un inmenso panorama con las montañas alpinas de fondo. Ellas son igualmente protagonistas de la historia y a ellas se canta –estupendamente- en el final del primer acto. “Sube montañas” galvaniza al público y deja el espectáculo en un alto nivel. El ritmo general es sostenido y gana en intensidad durante la segunda parte. Perfecta toda la maquinaria escénica sin que los cambios de decorado lastren la continuidad o produzcan tiempos muertos. Supongo que cada espectador tendrá unos números preferidos distintos. Yo me quedo con la primera interpretación de la canción “Adiós”, con todos los niños perfectos y muy bien arropados por toda la compañía. Azpilicueta, además, demuestra su arte y dominio del gran espectáculo en escenas como la boda. Con un extraordinario juego de luces, además del decorado funcional, nos hace creer que estamos ante un alarde escenográfico.

Silvia Luchetti, curtida ya en musicales tanto en España como en Argentina, se hace dueña y señora del papel de María. Lo asume con naturalidad y con un dominio vocal absoluto de la partitura. Quizá habría que afinar la ecualización general del sonido para que no se pierdan algunas palabras en los cantables. Neomí Mazoy, como la madre abadesa, tiene uno de los números más brillantes –el de las montañas- y lo aprovecha al máximo.Carlos Hipólito tiene que sacar sus recursos de actor para enfrentarse a un personaje que nos sugiere un hombre más corpulento. El capitán no tiene grandes números musicales pero Hipólito sí está estupendo y emocionado cantando “Edelwsiss”. Y luego están los niños. Hasta doce se alternan en los papeles, repartiéndose las representaciones. Los que vimos la noche del estreno destacaron, sobre todo, por una interpretación vocal sensacional. Secundarios como Trinidad Iglesias, Jorge Lucas o Loreto Valverde tienen a su cargo las escenas más divertidas y les sacan todo el jugo posible.

En estos tiempos en los que cualquier espectáculo teatral con una canción, o cualquier concierto celebrado en un teatro, se anuncian como “musical” es de agradecer que el público tenga la oportunidad de ver lo que realmente es un musical al estilo de Broadway: Libro, partitura, historia, actores, cantantes, decorados, vestuario, iluminación… Todo lo que, en definitiva, tiene “Sonrisas y lágrimas”.
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