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Crítica teatral.- Hamlet: príncipe, pero menos

Crítica teatral.- Hamlet: príncipe, pero menos

sábado 16 de junio de 2012, 00:00h
El Hamlet del Matadero no viste leotardos ni jubón. Los reyes tampoco llevan corona ni mantos. Los soldados no se protegen con casco y coraza. Todos los personajes transitan en una época indeterminada y transitan más indeterminadamente por uno de los dramas universales.
Will Keen presenta un Hamlet oscuro, a pesar del alarde luminotécnico de este montaje. El escenario, permanentemente vacío, se atreza con cuatro cosas que meten y sacan los mismos actores cuando la acción lo requiere. Una compleja pasarela vuela sobre la escena, dificultando la visión a los espectadores colocados en las gradas laterales. Parece que se ha concebido para ser visto de frente, pero hay público a los lados.

Ocho actores resuelven todos los personajes, sobre todo Secun de la Rosa y Antonio Gil que desarrollan un frenético cambio de papeles durante toda la función. Y, además, sacan muebles.

Tuve la impresión de que el ritmo durante toda la función está pasado de vueltas. A lo mejor es para dejar la función en "solo" tres horas y cuarto de duración. Pero el resultado es una falta total de clímax, de emoción. El príncipe Hamlet parece aquejado del popular baile de San Vito. Está en perpetuo movimiento. Apenas se sosiega un poco en los monólogos principales. Por cierto que el de "ser o no ser", no se convierte -afortunadamente- en una especie de momento estelar como suele ocurrir en todos los montajes.

Luego están los cambios de tono. Se pasa de la bronca al sainete, sobre todo cuando aparece el consejero Polonio, más parecido a un tartufo arnichesco que a un intrigante y acomodaticio político. Javivi, en este papel, provoca muchas carcajadas. También la escena de los enterradores ha sido despojada de hondura filosófica y convertida en un chiste de andaluces. Pero en otros momentos los personajes se lanzan a la yugular con violencia y uno acaba por no entender nada. Hay momentos afortunados. Desde el ser o no ser, hasta el final del primer acto, la representación cobra un pulso muy interesante, llegando a las escenas con los cómicos, las mejores de la función.

A la segunda parte parece que le falten ensayos. Ocurren tantas cosas, hay tantas idas y venidas, tantos cambios de humor, que se acaba por ofrecer un lío que cuesta desentrañar como no tengas muy clara la historia del drama. Sin embargo está acertadamente  montado el desenlace trágico.

No deja de ser una propuesta arriesgada, en todos los sentidos, estrenar una función así que comienza a las ocho y media de la tarde, cuando en la calle se rebasan los 30 grados de temperatura. Y, como están hasta el 29 de julio, más adelante será peor. Así que reconozcamos el esfuerzo y el entusiasmo para salir, en la programación estival, de los trillados programas a base de zarzuelitas, ballets españoles y reposiciones aligeradas de jardieles o mihuras.
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