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Crítica teatral.- De ratones y hombres: el gran teatro

Crítica teatral.- De ratones y hombres: el gran teatro

viernes 13 de abril de 2012, 00:00h
Publicada en 1937, la novela 'De ratones y hombres' era un retrato descarnado de una generación asolada por la Gran Depresión. 75 años después este drama social, llevado al teatro, tiene el mismo impacto entre nosotros, inmersos en otra gran depresión que está provocando la pobreza y exclusión de miles de ciudadanos. Puede verse en el teatro Español hasta el 27 de mayo.
Coincidente en la cartelera de los teatros municipales con otro coetáneo –Eugene O’Neill- este montaje es un directo a la boca del estómago del espectador con los mimbres del gran teatro: texto, interpretación, puesta en escena y dirección. Miguel del Arco plantea su dirección sin concesiones, sin edulcorar el drama de este puñado de trabajadores, casi esclavos, que han perdido toda esperanza de salir del pozo.
George y el discapacitado Lennie, un entrañable Frankenstein, llegan a una granja en medio de la nada para ganar unos dólares. La amistad de estos dos hombres sorprende a sus nuevos compañeros, tan desgraciados como ellos. George y Lennie quieren comprar un terreno, construir su propia granja para “vivir como reyes”. Un sueño, una utopía que nunca llegará a realizarse. Entre tantos hombres, una mujer joven, la esposa del patrón, que desencadenará la tragedia.

De entrada nos encontramos con una hermosa escenografía, hábilmente transformable, que nos lleva del campo abierto al asfixiante barracón de los obreros. Una iluminación preferentemente cenital aplasta a los protagonistas. Quizá en algunas escenas vendría bien un poco más de claridad, sin romper el clímax.

De ratones y hombresFernando Cayo y Roberto Álamo son los personajes principales. Protagonistas son todos. Cayo y Álamo forman una pareja compenetrada, complementada. No cuesta nada entender la profunda relación entre sus personajes, aunque apenas tengamos antecedentes sobre sus orígenes. Cayo es el ángel protector de un gigante disminuido que solo quiere cuidar conejos. Georges y Lennie encajan con dificultades en su nuevo entorno. Hay una cierta solidaridad obrera, pero con limitaciones. Solo el anciano Candy (extraordinario Antonio Canal) se acerca a la pareja anhelando compartir su sueño. Sigue sorprendiendo hoy la exclusión de los negros en la sociedad. Emilio Buale es Crooks, el más esclavo de todos, el que no puede acceder a los espacios de los blancos. La reunión en su cabaña de los más vulnerables, es modélica.

Y, además, está la esposa del patrón, aislada en un mundo de hombres y que solo quiere hablar. Tal vez, como acaba reconociendo, sea una furcia que revoluciona la granja. En el pecado lleva la penitencia. Irene Escolar es la esposa, descarada, agobiada, rebosando vida en ese cementerio de elefantes. La actriz encuentra su gran oportunidad en la tensa escena con Lennie, desprovista de artificios, manteniendo un diálogo de sordos que es, realmente, la confesión de su drama particular.

Del Arco y su equipo son unos creadores de potentes imágenes. Las transiciones entre escenas son casi secuencias cinematográficas impactantes por su hermosura. Así hasta llegar a uno de los finales más brutales que hemos visto en las últimas temporadas. Hasta cuesta aplaudir por el impacto de la última escena.
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