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Crítica teatral.- 'Angeles caídos'/'Suite Sevilla'

Crítica teatral.- 'Angeles caídos'/'Suite Sevilla'

domingo 25 de marzo de 2012, 00:00h
Presentación de Antonio Najarro como director del Ballet Nacional de España en el teatro de la Zarzuela. Hasta el 1 de abril se ofrece un programa doble: Ángeles caídos y Suite Sevilla. Es la segunda obra ocupa el foso la Escuela de la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por Arturo Tamayo.
Parece que el nuevo director quiere dejar claro que no va a llevar al ballet por caminos trillados. Y lo hace con 'Ángeles caídos', un encargo en el que han participado varios coreógrafos con desigual fortuna.

 Es una obra oscura esta lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Sorprende agradablemente, de entrada, ver de nuevo una compañía disciplinada, entregada y entusiasta. Las intervenciones del conjunto abriendo y cerrando esta producción son de lo mejor de Ángeles caídos. Y, entre medio, poca cosa. Aunque es de justicia reseñar la aparición de Rubén Olmo, con un espléndido mantón de Manila a modo de etéreas alas. Olmo hace una interpretación sorprendente, hipnótica, con las facultades de un gran primer bailarín. Consigue elevar el tono del espectáculo y recibió, merecidamente, una clamorosa ovación. Como en la coreografía, también en la partitura original han trabajado varios compositores. Y no consiguen una homogeneidad que beneficie al espectáculo. Estamos ante una mezcla de estilos que en la música nos lleva desde aires árabes hasta el jazz y en la danza desde Granero a Momix.

'Suite Sevilla' es una obra que Najarro creó para su propia compañía poco antes de ser designado director del BNE. La recupera para este programa con todos los efectivos del ballet. En las antípodas de Ángeles caídos, esta suite transita por los lugares comunes de Sevilla. Arranca al modo del musical La calle 42. Si en esa producción se medio levanta el telón con un arrollador número de claqué, en la Suite son los palillos los que electrizan al respetable. Sigue una sucesión de estampas directamente identificables con la capital andaluza, desde la Semana Santa hasta la feria de abril. Hay cuadros que destacan sobre el resto. Como el solo de Jéssica de Diego, brillante, sobrada de facultades, exultando alegría y dominio de la escena. Especialmente atractiva es la imagen que ofrece el coreógrafo de la Semana Santa, con sus costaleros y las damas enlutadas de mantilla y peineta. Es una recreación fascinante, sobre todo el juego con el que los bailarines componen el paso y su desfile callejero. Y excelentemente resuelto, en iluminación, puesta en escena e interpretación, el encuentro romántico de Elena Alonso y Francisco Velasco bajo la luna llena.

Najarro siempre ha tenido un especial cuidado en los finales. Ya sorprendió con el de Jazzing flamenco y vuelve a hacerlo con la Suite. Toda la compañía ofrece un derroche de energía –casi inhumano tras dos horas de función- dirigido a provocar el entusiasmo del público. No hay un segundo de respiro para las doce parejas y los solistas que se multiplican en diagonales, avances en línea, bloques rectangulares… y el público comienza a aclamar en cuando se insinúa la bajada del telón. Hasta ha previsto el director una coda tras los primeros saludos con la que vuelve a electrizar a los espectadores.

En resumen: noche de triunfo rotundo para un artista que hace quince años comenzaba a bailar con la compañía que ahora dirige y que tiene por delante el reto de meterla de lleno en los postulados estéticos  y técnicos del siglo XXI.
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