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El rescate de los barcos olvidados

El rescate de los barcos olvidados

viernes 24 de febrero de 2012, 00:00h
Restaurar y construir barcos es la pasión y vida de Miguel Godoy, restaurador del Museo Naval. Madridiario le acompaña en su taller donde nos relata las curiosidades y entresijos de este oficio, que cada día cuenta con menos adeptos. Ver galería de fotos de algunos barcos del museo.
Quedan pocos en España, casi contados con los dedos de una mano. Y Miguel Godoy, a sus 62 años, forma parte del reducido número de profesionales que se dedican a este oficio que consiste en restaurar, modelar y construir barcos. A Miguel lo encontramos a diario en el museo madrileño dedicado al mundo naval; un lugar donde podemos contemplar una amplia colección de navíos, descubrir etnografía, condecoraciones, armas y artes plásticas y decorativas que, en gran parte, han sido restauradas y construidas por él. Con una formación detallada sobre la historia naval, es increíble la memoria de Miguel para recordar fechas y datos sobre cada una de las piezas de las que nos habla, incluso de aquellas a las que se dedicó en sus inicios en el museo, hace ya casi 30 años.

Una pasión y un entusiasmo que nació, como cuenta, en el vientre de su madre. Hijo de marino, vivió en Guinea Ecuatorial desde 1958 a 1965, donde estudió bachillerato y el lugar que le abrió los ojos a su afición por el modelismo y la navegación. "Tuve un profesor de lujo", recuerda cuando habla de su padre ya fallecido. En las playas de Guinea desarrolló una atracción especial por la madera construyendo cayucos y embarcaciones en los que comenzó a navegar. Ya desde pequeño, contempló cómo construían esas embarcaciones, "toscas pero llenas de belleza y encanto", y con ocho años creó un barco vikingo que terminó comprándole un amigo de su padre y pagándole -recuerda con simpatía- "un pastón por ello". Años más tarde, ya casi en la adolescencia, se dió cuenta que esto era lo suyo y comenzó a prepararse para ello.

Entre 1968 y 1990, Miguel Godoy obtuvo titulaciones de Bachillerato Técnico Superior, técnico proyectista isometrista, Arte Dramático y Escenografía en la Real Escuela Superior de Madrid, además de Arquitectura y Construcción Naval. Desde 1987 entró por oposición como Modelista, Investigador y Restaurador del Museo Naval de Madrid, donde lleva a cabo, entre otros, la restauración del Galeón Flamenco de Felipe II -el modelo de Galeón más antiguo del mundo-, la sala de Modelos de Astilleros del siglo XVIII, un Navío de 74 cañones de Romero Laqnda y la restauración del Navío Santana de 112 cañones, que tardó en hacerla cuatro años y medio.

En los almacenes del Museo Naval, ubicados junto a su taller, existen cientos de piezas restauradas que algún día serán expuestas. Miguel nos acompaña por algunos de los rincones de este escenario al que poca gente puede acceder si no es con él. Aquí encontramos barcos que pertenecen a diferentes épocas de la historia bajo mandatos de reinados en los que la construcción naval y los sistemas de espionaje se convirtieron en su día en instrumento de batalla. Se trata de navíos que fueron encontrados en estado deteriorado, ya sea por el abandono, la carcoma u otras causas. "Hay piezas que han sido encontradas en trasteros hace 80 años", cuenta Miguel, por lo es necesario una gran labor de documentación e información para iniciar su proceso de restauración. Un riguroso trabajo que pasa por conseguir cualquier dato, esencial para conocer la historia que rodea al barco, la época en la que fue construido y la peculiaridad de sus materiales, en general, maderas nobles, textil, metal y -a veces- plomo, "aunque no es muy habitual emplearlo en el modelismo", cuenta el experto.

Recuerda con especial cariño piezas como el Prao Pirata, de los que se usan en el mar de Borneo. "Llegó destrozado", recuerda Miguel. Portaba tres mástiles trípodes con sus velas al tercio y artillados con tres lancastas que lógicamente debían ser reconstruidas. Y en ese proceso encontró unas piedras diminutas que, a modo de rompecabezas, adaptaban una forma de monstruo extraño en la proa y, aunque había quienes aseguraban en su día que no existía el mascarón en este tipo de barcos, lo cierto es que Miguel pudo comprobar que se trataba de este elemento, una especie de talla con forma de dragón o monstruo que utilizaban los buques para imponerse al rival.

Como constructor ha realizado infinidad de modelos: Acorazado Maine, Corbeta Descubierta del S.XVIII, Sección por Crujía de Navío del S.XVIII del método de Romero Landa, Buque Escuela Galatea, -“el mejor modelo del mundo", confirma Miguel Godoy, compuesto por 216 cuadernas y más de 62.000 remaches-. Ha realizado también multitud de modelos por encargo para colecciones públicas y privadas. Es además modelista habitual de la Casa Real Española y miembro de diversas instituciones públicas y privadas como La National Geographic Society, la Asamblea Amistosa Literaria, el Instituto Almirante Brown o la Fundación Jorge Juan.

El restaurador del Museo Naval reconoce que "todo esto se hace con pasión". Sin este entusiasmo es "imposible" trabajar en un mundo tan complejo como éste y en el que existen muchos aficionados al modelismo pero sin profesionalidad suficiente para dedicarse de una manera continuada. "Por el museo ha pasado mucha gente joven pero ha tirado la toalla". Por esta razón, Miguel considera que es necesaria la convocatoria de más conferencias, talleres y jornadas que sirvan para intercambiar impresiones sobre un oficio que tiene más desarrollo en países como Francia e Inglaterra.


Una de las mayores preocupaciones de este profesional de los navíos es qué ocurrirá cuando él se jubile. "No tengo relevo", cuenta con malestar. Ni siquiera sus hijos, que han correteado, jugado y vivido entre buques, maderas, cuadernas, velas y proas, han querido seguir los pasos de su padre. Una profesión que está pasando a englosar la lista de los oficios que poco a poco van desapareciendo con el paso del tiempo y que crea una nostalgia lógica entre aquellos que se lo han dado todo. Pero Miguel Godoy se queda con las muchas satisfacciones que ha recibido a lo largo de su vida e incluso no descarta dedicarse al teatro -confiesa con humor- cuando habla de su formación en Arte Dramático. Basta darse un paseo por la madrileña pinacoteca naval para intuir el aire que se respira por sus salas, que recuerdan, gracias a este oficio casi perdido, a los marinos españoles que en sus intrépidos viajes tuvieron ocasión de ver gran parte de las embarcaciones aquí expuestas. Una colección de la que puede disfrutar no solo el aficionado al mar, sino también los viajeros que quieran empaparse de la historia de navegantes y descubridores.
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