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Más de 600 personas duermen a diario en las calles de Madrid

Una noche entre cartones

Una noche entre cartones

miércoles 25 de enero de 2012, 00:00h
Guillermo ya está “acostumbrado” a dormir en la calle. Le produce “tristeza” pero dice que se lo merece por ser “un delincuente”. Manolo también. Lleva haciéndolo los últimos siete años. Miguel Ángel sabe que “es muy jodido” y pasará la noche en un albergue. Solo se queda fuera cuando está “más borracho”. Hoy la noche es fría. Sin embargo, resulta fácil, demasiado fácil, encontrar personas durmiendo a la intemperie.
A principios de mes la Policía Nacional recibió la llamada de alguien que había hallado a Ramón, de 66 años, muerto junto a un contenedor de Moncloa. Todo indicaba que el frío le había matado. El Instituto Anatómico Forense lo confirmaba días más tarde: una hipotermia producida por las bajas temperaturas había sido la causa del fallecimiento. Casos como el de Ramón no son frecuentes en Madrid aunque sí suceden de cuando en cuando. Y eso que de noviembre a marzo el Ayuntamiento activa una campaña para incrementar el número de plazas en albergues que dan cobijo a estas personas.  Algunos —más de 600 según estimaciones de entidades sociales, aunque el Ayuntamiento lleva dos años sin realizar recuentos oficiales— prefieren quedarse en la calle a utilizar estos recursos.

GuillermoUno de ellos es Guillermo. Pasa las noches, y los días, junto a otros cuatro compañeros en una galería comercial poco transitada del Paseo de las Delicias. Entre colchones, edredones y mantas viejas no faltan cartones de vino y restos de comida. Guillermo, peruano de 49 años, enseguida invita a que nos sentemos en una de las esquinas de su mugriento colchón. Allí cuenta que tiene “problemas con la justicia” y que desde julio vive en esa galería. La conversación se alarga mientras sus compañeros intentan dormir. Uno de ellos pierde la paciencia y nos echa a gritos. “Hay que entender que el alcohol te hace perder los nervios, pero ellos son muy buenas personas, aquí pasamos el día conversando y haciendo bromas”, justifica Guillermo. “Yo bebo, pero mi alcoholismo lo tengo controlado”, agrega dándole un trago al “vino barato”.

Ya a unos metros, sentado en un banco, afirma estar “muy arrepentido” de la vida que ha llevado. De hecho, considera que merece pasarlo mal: “Me avergüenza mucho mi pasado, yo era un delincuente”. Enseña la orden de libertad vigilada y el permiso de residencia que guarda en la cartera y comenta que cree mucho en Dios y que antes de la indigencia trabajaba como churrero en El Escorial. “Mi mujer me mandó a tomar por culo y le metió muchas ideas contra mí a mi hijo. Tiene 23 años. Me gustaría decirle que se cuide, aunque él no quiera verme, y que le querré siempre”, indica, muy emocionado.

Ópera a la intemperie
Mientras, en el Teatro Real esta noche hay ópera. Iloanta, de Chaikovski y Perséphone de Stravinski, cuyas mejores entradas superan los 170 euros. A las puertas del recinto varias personas cubiertas con cartones pasarán allí la noche, ajenas al ir y venir de espectadores. A la mayoría de ellos no les apetece hablar, no quieren ser molestados. Manolo, asturiano de 51 años, por su parte nos remite a la nueva alcaldesa: “A mí no me preguntéis qué hago aquí, eso que os lo cuente Ana Botella”.

Insistimos preguntando por qué no va a alguno de los albergues municipales. Considera que esos sitios están masificados “de gente con sida y tuberculosis”. “Prefiero quedarme en la calle que aquí sé que no me muero”, señala. Quiere dejar claro que no bebe ni se droga y que no confía ni en políticos ni en periodistas. Dice llevar siete años durmiendo en Ópera, que antes era minero y que viste y se alimenta gracias a la ayuda de unas monjas.

La alternativa del albergue
Uno que esta noche sí dormirá bajo techo es Miguel Ángel. Tiene plaza fija en el centro de acogida San Isidro que, ubicado en el distrito de Moncloa-Aravaca, es uno de los albergues para ‘sin techo’ más antiguos de Madrid. Este centro ha sido recientemente reformado después de que se denunciara la existencia de polvo de amianto en su tejado. “Antes dormía en la calle pero era muy jodido, sobre todo cuando llovía”, recuerda Miguel Ángel. A sus 62 años asegura que “para dormir fuera, con el frío que hace, tienes que estar muy borracho”.

Miguel Ángel tiene razón en una cosa: hace frío. Las temperaturas nocturnas estos días oscilan entre los -2 y los 2ºC. Pero se equivoca en otra: el alcohol, según expertos, provoca la dilatación de arterias, lo que acelera la pérdida de calor corporal aumentando el riesgo de hipotermia.

Miguel Ángel pasa los días paseando y es usuario de la biblioteca pública de Usera, donde consulta Internet, “sobre todo Infojobs, a ver si me sale un trabajillo, aunque ya con mi edad…”. Dice llevar "diez años sin pasar por casa”. Los motivos que da ponen los pelos de punta: “desde que degollaron a mi hija y empecé con la cocaína”. Pero de eso no quiere seguir hablando. Se declara “alcohólico” y dice que “jamás” ha pedido ni un céntimo. Preguntado sobre sus planes de futuro, sin dudar lo más mínimo, afirma: “Muchas veces pienso en coger una cuerda de cáñamo, atármela al pescuezo y ahorcarme”. Ante el silencio de la redactora, aclara: “¿Que por qué de cáñamo? Pues porque es más duro y no se rompe, ¡hombre!”.

Trabajo de prevención
Estas son solo tres pinceladas de las infinitas historias de las personas que vagan cada día por las calles de Madrid. La inmensa mayoría son historias tristes. Muchas de ellas llevan vinculados además problemas de adicciones o trastorno mental. El presidente de la Federación de Entidades de apoyo a las Personas Sin Hogar (FEPSH), Jesús Sandín, ve imprescindible que las administraciones públicas incluyan en su agenda el problema. “El trabajo de prevención es fundamental, hay que detectar los casos antes de que lleguen a la calle”, apunta. “En Madrid al menos tenemos el Samur Social, que hace muy buen trabajo pero es insuficiente. Habría que plantear nuevos recursos de alojamiento, que fueran lo más normalizados posible”, añade.

Solidarios para el Desarrollo y Acción en Red son dos de los organismos que actualmente organizan rutas con voluntarios. Pero, además del voluntariado, ¿qué pueden hacer los ciudadanos? Trabajadores sociales ven imprescindible “que se abra un debate en la sociedad, que se hable del tema, que se reflexione y que se inviertan más recursos”. Los que duermen en la calle piden además que los vecinos no les traten como muebles. “Yo agradezco mucho cuando alguien te trae por ejemplo un plato de comida caliente, mantas o simplemente conversación, me gusta conversar”, dice Guillermo. Miguel Ángel es mucho más pesimista: “La gente pasa de todo, no le importa una mierda”.

Y es que, tal y como indican las ONG, son muchas veces los prejuicios lo que más perjudica a los 'sin techo'. Porque no estamos hablando de personas fracasadas, sino de políticas fracasadas. O, aún peor, de sociedades fracasadas.
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