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Deslealtad

Deslealtad

viernes 23 de diciembre de 2011, 00:00h
Los tiempos que vivimos, cercados por los problemas y los intereses económicos, no son los mejores para acudir a los sentimientos, a la ética o a los principios como argumento de comportamiento. La política esconde demasiada gente interesada con objetivos ocultos que ven en la gestión administrativa una salida a sus ambiciones personales, aunque sea preciso saltarse la legalidad a la “torera”. Y eso es malo, negativo, contrario a los intereses generales y se denomina corrupción. Todos sabemos de lo que hablo, sin necesidad de extenderse más en los calificativos.

Unos son corruptos porque era su meta. A otros les llega por casualidad pero se sienten muy cómodos al ver aumentar su patrimonio y algunos lo son indirectamente, pero todos ellos son corruptos y, por tanto, ladrones. Roban a la sociedad que le ha prestado su confianza para gestionar los recursos colectivos.

Todos estamos de acuerdo en la necesidad de eliminar, apartar de la vida pública a todos estos indeseables. Pero la corrupción es algo más. También es corrupto el desleal, el traidor, ese que no tiene inconveniente en criticar cuando el jefe pierde fuerza, aunque haya participado en los errores acumulados en la gestión. Ese comportamiento pertenece al terreno de la corrupción con tanta entidad como los otros, se aprovechan de la confianza.

Digo esto porque, ahora que Zapatero ha dejado de ser Presidente del Gobierno, empiezan las puñaladas de los desleales, de los traidores, de quienes han estado “chupando del bote” a la sombra de su poder, callando, silenciando su opinión traidora y errónea, porque este tipo de personajes siempre tienen criterios fatuos y susceptibles de ir a engordar las papeleras. Esos que, ahora que el Boletín Oficial del Estado ya no está en manos de quien los puso en esos puestos en los que nunca debieron estar, son capaces de firmar manifiestos criticando y desligándose de una gestión con la que nunca estuvieron de acuerdo, según sus comentarios, pero que jamás manifestaron porque, en aquellos días, podrían haber perdido sus prebendas. Lamentable pero, insisto, todos sabemos de quienes hablamos. Este tipo de individuos están presentes en todos los ambientes por muy rechazables que nos parezcan.

Es costumbre muy extendida aunque viene a cuento, ahora, por las críticas internas que se van haciendo públicas sobre la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero que, es cierto que ha sido mala, pero que no vale sumarse al carro ahora que ya no es Presidente del Gobierno. Las críticas son admisibles a quienes ya se las hacían cuando permanecía en el cargo. Los que callaron y consintieron son cómplices. Son muchos los que han estado a su lado apoyando sus decisiones, riendo sus bromas, comiendo en su mesa y, seguro, acompañándole en momentos de ocio, solamente porque era el hombre más poderoso de España en aquellos momentos y sus decisiones afectaban directamente a su posición social y a su bolsillo. Son los traidores, los desleales y también corruptos. Esos que hacen la pelota pero que cambian de orientación con cierta facilidad. Despreciables, pero se sitúan alrededor del poder con tanta habilidad que es difícil descubrirlos oportunamente.

Como dijo Rajoy, con tanto señorío como estilo, no es hora de acordarse de aquello que ya han castigado las urnas.

Pues eso, que ahora, si has colaborado en los errores que te lo demanden, aunque quieras eludirlo.

Ya saben aquello de que Roma no paga traidores. A ver si es verdad.
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