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Crítica teatral.- ¡Qué grande es la Baró!

Crítica teatral.- ¡Qué grande es la Baró!

jueves 08 de diciembre de 2011, 00:00h
Trece años de alejamiento teatral son demasiados para una actriz como Amparo Baró. En septiembre de 1998 estrenó en el Fígaro 'La opinión de Amy', un montaje que pasó sin pena ni gloria, a pesar de que el final que protagonizaba la Baró era de poner la piel de gallina. Después la actriz volvió a televisión y logró uno de los mayores éxitos de su carrera con '7 vidas'. Pero la escena ha podido más y Amparo regresa con el montaje de “Agosto”. Aunque solo fuera por ella, merece la pena ir al teatro Valle Inclán.
Cuando, al terminar la función, el teatro se puso pie para aclamar a Amparo se premiaba una excepcional lección de teatro. Durante tres horas y media –que pasan sin sentir- un elenco en estado de gracia pone en pie uno de esos raros espectáculos que te reconcilian con la escena para unas cuantas temporadas. Gerardo Vera ha dirigido la obra que, desde hace cuatro años, se va estrenando en las principales capitales del mundo. Y el empeño no es fácil porque se requiere un reparto extenso, intergeneracional, en el que nadie puede bajar el listón. Como ocurre en Madrid.

Vayamos por partes. Amparo Baró entra en escena como si lo hubiera estado haciendo la semana pasada. Aparece y recupera instantáneamente su condición de primerísima gran actriz. Después demuestra por qué lo es. ¡Qué lección de interpretación! Transita entre la ocura, el delirio de drogadicta, la maldad suprema de mujer imposible con un absoluto dominio de los tiempos, de la colocación del texto, del gesto paralizador… Ya en el reencuentro con su hija Bárbara (Carmen Machi) le bastan treinta segundos para acongojar al espectador.
Después, en el final del primer cuadro, hace saltar las lágrimas del público. Y en la esperpéntica cena que cierra el primer acto da un recital de maldad, de entrega física, de poderío escénico.

En algunos momentos nos parece reencontrarnos con Mary Cavan, la madre drogadicta de 'Largo viaje hacia la noche'. Todos los estudiantes de teatro deberían ir a verla. Deanna Dunagan obtuvo el premio Tony en Broadway por su interpretación de la malvada Violet. Si hay justicia en los escasos premios españoles, los ganará todos Amparo Baró por el mismo papel.

Necesita, no obstante, de un frontón al que arrojar su odio, su maldad. Y ahí está Carmen Machi, a la que no se deben regatear elogios por mucho que se alabe a la Baró. Creo que este es su trabajo más importante, por encima, incluso, de La tortuga de Darwin. El público asiste a un duelo a mordiscos, a puñaladas traperas. ¡Qué panda de mujeres atormentadas!

Las dos son, en realidad, la misma mujer. Las otras hacen de comparsa necesaria sin que por eso resulten ingratos los papeles. Todas las actrices tiene su gran momento, su escena, y todas están impecables. Y quiero reseñar a Sonsoles Benedicto, otra lección de cómo se puede ser actriz de reparto y destacar como la protagonista.

Los hombres en la historia son accesorios, accidentes en las vidas de estas tres generaciones de féminas. Y por ello a los actores les cuesta más trabajo mantener el tipo cuando a sus personajes les dan por todos los lados. Por extensión, Antonio Gil es el más denodado: tiene enfrente siempre a Machi y, en la única escena con su hija (Irene Escolar), recibe de esta otra cruel bofetada.

Y está, claro, el texto en versión de Luis García Montero. A los protagonistas les pasan cosas que las espectadoras “de tarde y visón” calificarían de reales como la vida misma. Solo que no es fácil que tantas cosas malas les pasen a los mismos. “Agosto” tiene una construcción teatral impecable. Están pasando cosas durante tres horas y media, alguna de ellas sorprendente.

Todos los personajes tardan casi dos horas en reunirse en escena. Y, con lógica, el espectador piensa que entonces comenzará la gran traca. Y comienza. Tiene un ligero bache la acción en el comienzo del último acto. Desde que vuelve a levantarse el telón, el autor comienza a desandar el camino, a ir sacando a los personajes para preparar el cara a cara final de las dos arpías.

Para mantener constantemente la atención del público, el director cuenta con algunas bazas, con escenas magistrales que se van sucediendo con regularidad. Está el primer delirio de Violet, atiborrada a pastillas. Luego se reúnen las mujeres tras el funeral en una situación repleta de humor negro. Para final del primer acto viene una larguísima cena en la que se pasa de la risa al drama constantemente. Y, cuando ya parece que se acerca el final, tres de las mujeres –Borrachero, Machi y Baró- tienen otra comida espectacular. Eso es lo que puedo
contar.

El montaje se desarrolla en una estupenda escenografía que resalta el protagonismo de un elemento común al teatro norteamericano del siglo XX: la casa. En algunas de las grandes piezas de Miller, O’Neill o Williams la casa es el símbolo de la sociedad. Willy Loman muere para que su familia pueda liberarse de la hipoteca. Blanche DuBois padece la asfixia del modesto hogar que debe compartir con su hermana y su cuñado. En Deseo bajo los olmos, uno de los hijos del protagonista desencadena el drama por querer recuperar la granja familiar. Tracy Letts, el autor de “Agosto (Condado de Osage)”, recupera la casa como
universo teatral, como jaula y referente de sus habitantes. Como en los montajes que trajera Tamayo para “Todos eran mis hijos” o “La muerte de un viajante”, esta casa no tiene paredes ni ventanas, solo un gran salón y muchas escaleras: todo lo que sucede en su interior debe producirse a la vista del público.

“Agosto” va a estar en cartel hasta el 19 de febrero. Si usted es aficionado al teatro debería ir reservando entrada: se van a agotar.
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