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New York: la gran resaca blanca

New York: la gran resaca blanca

jueves 30 de diciembre de 2010, 00:00h
Desde el avión –uno de los pocos que aterrizaron- Nueva York y su entorno aparecen como una enorme mancha blanca, jalonada por grandes planchas de hielo. Cuatro días después de la gran nevada, la ciudad vive una complicada resaca. Penn Station, el recurso ferroviario para salir del gran atasco, está tomada por miles de pasajeros desesperados porque los trenes también tienen muchas dificultades para llegar y partir. Un improvisado coro juvenil entretiene la espera en el gran vestíbulo. Toda la Gran Manzana está invadida por miles de toneladas de nieve que acaban convertidas en témpanos. A las cinco y media ya es noche cerrada y la bajada de temperatura no hace sino agravar un colapso que los ciudadanos denuncian desesperados en todos los canales de tv.

Recordando los “grandes atascos” madrileños cuando cae alguna tromba de agua o se registran unos pocos centímetros de  nieve, no podemos hacer otra cosa que reírnos. Eso sí: mirando al suelo y caminando como autómatas, como las muñecas de Famosa, porque el piso está lleno de trampas. La hermosura de la nieve desaparece tras unas horas de actividad callejera. Deja paso a unos charcos negruzcos de hondura desconocida. El pavimento en Nueva York deja mucho que desear y con este manto acuático se forman simas en las que un paseante incauto puede meterse hasta media pierna. Cruzar una calle por los pasos de peatones es otra aventura. Sobre todo por la noche. Esta es una ciudad espartanamente iluminada, salvo espejismos deslumbrantes como Times square o el Rockefeller Center. Menos mal que en esta estación los árboles han perdido el follaje y dejan pasar un poco más de la luz mortecina de las lámparas.

Ahora la prioridad es despejar las calles, sobre todo de los condados periféricos. Brooklyn, Staten Island, Queens o New Jersey protestan porque tienen la mayor parte de sus calles totalmente bloqueadas. Hasta para los servicios de emergencia. Algunas de ellas son como los glaciares: una alargada lengua de hielo en la que sobresalen los techos de los vehículos totalmente sepultados. Cuando un avezado propietario quiere mover su coche tiene, primero, que desenterrarlo y después intentar que se muevan sobre la pista de patinaje en que se han convertido las calzadas. Los autobuses públicos no lo tienen mejor y el servicio, que no es precisamente modélico en buenas condiciones, tampoco contribuye a la movilidad. Hasta el Metro se ha visto afectado porque tiene muchos kilómetros en superficie y estaciones a cielo abierto.

A la colectividad, ante este panorama, se le presenta otro problema que a un madrileño ni se le ocurriría pensar: qué hacer con las toneladas de nieve y hielo que se remueven. Las bajas temperaturas no ayudan a la evaporación y las alcantarillas no alcanzan a sumir tanta agua. Así que los riachuelos urbanos tienen una vida bastante prolongada. Todo un problema para las mascotas. Por la Octava Avenida un diminuto caniche camina inseguro con los brillantes botines perrunos que le ha calzado su dueña. La blancura del animal y el azul eléctrico de sus zapatitos son todo un poema. Pero los humanos no vamos mucho más elegantes. Resulta sorprendente la cantidad de complementos que podemos ponernos para combatir el frio y la humedad: gorros con orejeras, gorros con borlita, pasamontañas, orejeras (de diadema o de clip en la nuca), bufandas de largura desmesurada, guantes aparatosos, mitones, chubasqueros, abrigos de pieles, forros polares y hasta de plástico… Y llegas a casa calado.

Los comerciantes se echan las manos a la cabeza porque las cancelaciones de vuelos, sobre todo internacionales, afectarán a las ventas navideñas y a las rebajas recién comenzadas. La verdad es que hasta que las aceras estén despejadas, caminar con las manos ocupadas es especialmente complicado. Los propietarios de edificios tienen la obligación legal de despejar su tramo de acera. Lo que no se verá afectado será el cambio de año. Times square, con sus luminosos, funde hasta los casquetes polares. La brillante bola bajará ante miles de espectadores en una noche que tendrá temperaturas más elevadas que la semana precedente. Al día siguiente comenzaran a guardarse los adornos navideños, raquíticos en las calles, porque las fiestas han tocado a su fin. Los Reyes Magos no se acercan por estos lares. Seguramente les faltará algún papel para poder entrar en USA.

Curiosamente no se ven niños haciendo muñecos de nieve en las calles o montando batallas a bolazos. Esta ciudad no es para ellos ni con el gran manto blanco que haría las delicias de los pequeños en cualquier otro lugar del mundo.

Todo el mundo sabía que iba a caer mucha nieve y por eso no se explican el caos y la falta de previsión. Mis amigos de Brooklyn han tenido que desmontar la pérgola de su jardín porque se venía abajo con el peso de la nieve acumulada. Otro amigo, que trabaja en Chrysler building, tiene lista de espera de las visitas foráneas para enseñarles desde su atalaya la ciudad nevada. Y a pie de calle los neoyorkinos rezongan de sus autoridades mientras los turistas, bolsas en mano, viven alucinados unas vacaciones con tintes inesperados. Eso los que han conseguido llegar. Otros habrán quedado en sus aeropuertos de origen con un sueño truncado. Otra vez será. Pero, ojo, si  es verano: la climatología puede ser peor…

Antonio Castro

Cronista Oficial de la Villa

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