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Del pueblo al 'Valle del Kas'

Del pueblo al 'Valle del Kas'

lunes 22 de noviembre de 2010, 00:00h
El pueblo de Vallecas se anexionó a Madrid el 22 de diciembre de 1950. El antiguo 'campo de la ciudad' musulmán, el municipio de la escuela de pintores vanguardistas, el icono de la lucha vecinal es un distrito que se ha hecho a sí mismo. Ni la inmigración desordenada de los 50, ni  la falta de infraestructuras y chabolas ni la droga han logrado acabar con el 'Valle del Kas'. Todo lo contrario. Se ha convertido en el futuro de Madrid.
Vallecas siempre ha tenido personalidad propia. No era un pueblo más cuando se unió a ese Gran Madrid que proyectó la España de Franco. Encuadrado entre la autopista a Castellón (luego a Valencia) y el ferrocarril a Zaragoza abarcaba un territorio de 73,36 kilómetros cuadrados en el que vivían más de 86.000 vecinos. El pueblo como tal había experimentado el crecimiento habitual para los municipios limítrofes con Madrid, un 60 por ciento. Tenía tranvías que pasaban por Monte Igueldo y Martínez de la Riva y cocheras desde 1917, pequeños comercios, aún algo de agricultura y ganadería, un Rayo futbolístico, y hasta Arturo Soria había proyectado en el lugar el primer 'intercambiador' de transportes para conectar los pueblos de la zona. El yeso de fábricas como 'La Invencible' y el carbón del Cerro de la Plata surtían a Madrid de materias primas.

Tras el puente de los Tres Ojos se había acumulado en la primera mitad de siglo una enorme bolsa de inmigrantes procedentes de toda España que trabajaban en la industria de la ciudad y necesitaban un lugar cercano para vivir. Esta zona de casitas bajas llegó a multiplicar su población un 741 por ciento. Fue un desarrollo demasiado rápido para que fuese bueno. La urbanización fue un caos: chabolas, infraviviendas, falta de servicios.

Iglesias rojas y aguas negras
Los inicios matritenses de esta zona del municipio fueron en casas bajas y calles de tierra que se transformaban en barro durante las crecidas del Abroñigal. Los problemas de vivienda eran generalizados y ni el Ayuntamiento de Madrid ni el Estado podían hacerles frente.

El Padre José María de Llanos creaba con los jesuitas dispensarios, escuelas y cooperativas en la zona de chabolas del Pozo del Tío Raimundo, para tratar de paliar las carencias de una población que había autoconstruido sus hogares, conectándolos sin autorización a los canales de 'aguas negras' de la ciudad. Se forjó allí la tradición de las iglesias rojas vallecanas que lucharon contra el régimen de Franco y por los derechos vecinales y sociales. Fenómenos parecidos brotaron en Palomeras o Doña Carlota (actual Peña Prieta).

Carmen Sánchez es 'La niña de Vallecas'. Tiene 86 años y es una vallecana de séptima generación.Del pueblo de toda la vida. "Tuve que dejar el colegio a los diez años para ayudar a mi familia. Trabajé de modista, en el campo... de lo que había. Era lo habitual en cualquier familia del barrio". "Las casas eran similares a corralas con una fuente de agua en el patio y un retrete para toda la vecindad. Hubo auténticos guetos. Era la cuna del chabolismo madrileño. Tanto que fue el lugar con más chabolas de Europa en los años 70 y 80", cuenta Ángel del Río, periodista, Cronista de la Villa de Madrid y vallecano nacido en la calle Peña Prieta cuatro días antes de la anexión del pueblo a la capital.

San Silvestre corredor
Maruja Pérez, ex presidenta de la asociación de Amas de Casa de Vallecas se trasladó al pueblo en 1955 cuando se casó. "No había bancos, ni pastelerías, ni mercados. Había que ir a comprar a los puestos de la plaza del pueblo y al Puente para coger el trolebús. Uno de los grandes problemas era que las mujeres no conocían sus derechos ni sus obligaciones, con lo que sufrían doblemente toda esta marginación". Fue ese mismo año cuando se dividió el antiguo municipio en dos distritos: el Puente y la Villa de Vallecas.

En el Puente, Metro llegaba a Portazgo en 1961, y entre las vías se gestaba un enorme poblado. Nacía eso mismo: Entrevías, que incorporó en los 70 un precioso parque de paseo. En 1964 se celebró por primera vez una carrera profesional en Vallecas, era la San Silvestre, que llegaría a ser de proyección internacional, atrayendo a las principales firmas deportivas.

Fue en esta década cuando llegaron las obras de la M-30 a la zona. El Ayuntamiento utilizó el arroyo Abroñigal como elemento de insonorización de la circunvalación, antes de soterrar su cauce. Varias promotoras privadas construyeron la Ciudad Residencial Santa Eugenia junto al pinar del Cerro Almodóvar. Querían que fuese una ciudad dormitorio de Madrid rodeada de campos y prados, por lo que se denominó "La ciudad alfombrada de verde". Su disposición quería dar ejemplo en la zona, con calles paralelas y bulevares, mientras se erradicaban poblados chabolistas.

En lo social, desde 1968 habían comenzado a funcionar asociaciones vecinales muy señaladas como las de Meseta de Orcasitas, la del Pozo del Tío Raimundo o la de Palomeras, entre otras muchas. "Fueron la avanzadilla democrática en plena España franquista por su organización asamblearia y sus reivindicaciones", prosigue Del Río. La situación en el Puente empezó a normalizarse con la sustitución de las chabolas por bloques de cinco y seis pisos. Sin embargo, todavía quedaba mucho por hacer. El pueblo se mantenía un poco al margen de esta efervescencia, aunque no sobraba de nada. Ángel Garrido, su actual concejal presidente y criado en el Puente, recuerda las calles de Palomeras todavía sin asfaltar. Había niños que tenían que guardar la infravivienda mientras sus padres trabajaban para que no se la tirase el Ayuntamiento y familias viviendo aún en cuevas cerca de donde hoy se erige el estadio del Rayo.

Un mercado y un 'hipermercado'
La droga inundó la zona en los 80 como en otros muchos barrios donde abundaba la juventud. Y con ella proliferó la delincuencia. Las Barranquillas, el Cerro del Tío Pío, La Celsa, La Rosilla, Santa Catalina o Las Mimbreras se convirtieron en el hipermercado de la droga, controlado por clanes de narcotraficantes.

En 1982 llegó la batalla naval del Puente de Vallecas, prohibida por José María Álvarez del Manzano tras unos disturbios y rehabilitada posteriormente, con cofradía marinera incluida. También se inauguró Mercamadrid fruto de un acuerdo entre Ayuntamiento y la empresa nacional Mercasa para gestionar los mercados centrales de la ciudad. Un monstruo logístico parcelado que iba a aglutinar todas las mercancías que pasaban por la ciudad. Es el mercado más grande de Europa y el segundo del mundo tras el de Tokio. En 2000 se amplió con un gran centro cárnico y en 2007 prosiguió la expansión, aún no concluida, con otra ampliación de última generación en una zona de antiguas escombreras.

Personajes como Poli Díaz o Ramoncín perfilaban la imagen de la otra Movida, la del Su,  que pidió paso en un Madrid que ya no dormía: la del 'Valle del Kas', el refresco de moda, las siglas de la Koordinadora Abertzale Socialista o ese moro que se enamoró de una pueblerina que tuvo relaciones con un caballo blanco.

Emigración chabolista
Eva Durán, concejala presidenta de Puente de Vallecas, tenía familia viviendo en el Pozo y fue desde principios de los 90 asesora y vocal en su distrito. "Había necesidad de equipamientos, de mobiliario urbano, de mejoras en la vía pública y de rehabilitación. Los vecinos pedían una normalización de su situación", comenta. En 1994 se construyó la estación de Miguel Hernández, que contaba con la nueva generación de trenes 2000, y una nueva ampliación lo llevó en 1999 a Congosto. Mientras, abría la estación de Cercanías de El Pozo en 1996.

La Asamblea de Madrid
coronó al Puente de Vallecas como referencia de las políticas en la región. La Virgen de la Torre seguía procesionando desde la iglesia del pueblo, que crecía de manera mucho más ordenada. El Carnaval hacía lo propio en la avenida de la Albufera y se sucedían los planes transversales entre administraciones para erradicar los últimos poblados chabolistas cuyos habitantes comenzaron a emigrar a la Cañada Real Galiana y, en particular, en El Gallinero. Todo un cinturón de urbanización ilegal y alegal, condicionado por la venta de drogas y armas, en el que se mezclan chalés sobre suelo agrícola, inmigración y marginalidad y cuya solución está taponada por el desencuentro entre la Comunidad de Madrid y los ayuntamientos que lo acogen.

En el siglo XXI a Vallecas se le rompió el corazón. El 11 de marzo de 2004, explotaba dos bombas en la estación de Cercanías del Pozo y una en Santa Eugenia a las 07:38 horas de la mañana. Decenas de muertos y heridos fueron hallados entre los amasijos de hierro calcinados. Pero no todo fueron noticias tan duras: el Rayo Vallecano jugó la UEFA y el gran Parque de la Gavia comenzó a germinar como plan municipal.

Dignidad y superación
Las dos Vallecas tienen hoy casi 326.000 habitantes. En estos últimos siete años han recibido una enorme inyección inversora que se ha materializado en colegios públicos, centros de salud, escuelas infantiles, centros culturales y de mayores y, sobre todo, un enorme hospital dedicado a Leonor, la primogénita de los Príncipes de Asturias, que surte a todos sus ciudadanos. El Ensanche de Vallecas crece entre el casco antiguo y la M-45. Una ciudad dentro de la ciudad con 26.000 viviendas y un tamaño similar a Cáceres, aún en ejecución pero con suburbano en la puerta y un cinturón industrial que se prevé será un granero de empleo en la ciudad. Es la primera fase del futuro de un Madrid que se colmatará con proyectos como Valdecarros.

La miseria, la lucha, la dignidad y el espíritu de superación de sus gentes han hecho de Vallecas lo que es, aunque las nuevas generaciones no sepan valorar todo lo que eso ha costado conseguir. "Antes la gente se avergonzaba de decir que vivía en Vallecas, y aún ahora se mantiene en parte ese complejo. La gente lo ha asimilado como un distrito más donde vive gente de muy diversa índole. Eso no pasaba en nuestra época. Es algo que han podido disfrutar nuestros hijos", comenta Pérez. "Casi cualquier ciudadano identifica a Vallecas como el símbolo de la lucha por unas condiciones de vida dignas. El esfuerzo de todos ha conseguido que la tengan", añade Garrido. Del Río ahonda en la necesidad de que este 'pueblo' mantenga su indentidad: "Aún quedan restos de esa marginación que sufrió el distrito. Vallecas necesita dignificarse y no perder la conciencia de lo que fue. El vallecano de nacimiento lleva ese carácter en el alma".
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