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Crítica teatral.-La vida por delante: el debutante y la estrella

Crítica teatral.-La vida por delante: el debutante y la estrella

martes 14 de septiembre de 2010, 00:00h
Roman Gary obtuvo en 1975 el premio Goncourt por La vida ante sí, llevada ahora a la escena como La vida por delante. Han pasado treinta y cinco años y este hermoso texto contra el racismo, contra la intolerancia y contra el fanatismo religioso tiene más actualidad que entonces. Además, el montaje teatral está protagonizado por Concha Velasco y dirigido por Pou.

El teatro de La Latina inicia una nueva temporada teatral con este espectáculo que arrasó en la taquilla barcelonesa y ha triunfado rotundamente en todas las ciudades donde se ha representado ya el último año. Aquí sucederá lo mismo.

Madame Rosa es una vieja prostituta judía  que acoge a los hijos no deseados de sus compañeras jóvenes. Pero, en la última etapa de su vida, solo cuida de Momó, un adolescente árabe, tierno y filósofo. Forman una singular familia, con el apoyo tangencial del doctor Katz, que se enfrenta a la vida sólo con el extraordinario afecto que se tienen. Madame Rosa ha conseguido inculcar a su pupilo unos valores de tolerancia y respeto que nos vendrían muy bien a todos hoy mismo. El autor inventó una bellísima escena final –todo el teatro llorará…- que resume esa filosofía y que pone la piel de gallina cuando se escucha a pocos metros de un barrio que aglutina a cientos de inmigrantes de todas las razas y religiones.

Pou parece optar por aliviar el tremendo drama humano con toques de humor y comedia. Seguramente esta obra, tomada por el lado trascendente, acabaría aburriendo. Porque, sí, pasa la vida en ella, pero poco más. Solamente los veinte últimos minutos tienen la grandeza teatral de un texto importante.

Y, por encima de todo, están los actores. Una estrella, Concha Velasco, y un debutante, Rubén de Eguía. Los dos son dueños y señores del escenario, salvo las escasas apariciones del doctor y del padre del muchacho. Es un mano a mano interpretativo apasionante. La estrella despliega todos sus recursos y no duda en salir a escena en bragas y sostén, en enaguas, marcando claramente su físico actual. Concha no se escuda en un envoltorio ajeno al personaje. Aparece como una vieja puta y en su demencia, no duda en aportar patetismo a sus alucinaciones. Además la actriz domina como pocas el arte de colocar las frases, de buscar el mejor sitio en el escenario, de poner un nudo en la garganta del espectador cuando y donde quiere. Hay momentos en los que mira en silencio a Momó con tanta intensidad, que se saltan las lágrimas. Y en las escenas finales, con todo lo que está pasando, solo se tienen ojos para ella.

Pero esta función necesita un actor joven. Un joven capaz de aguantar durante casi dos horas el ciclón de Madame Rosa. Rubén de Eguía fue aclamado con todo merecimiento la noche del estreno. Pocas veces se asiste a un debut teatral con un personaje de estas dimensiones y con un actor de esta talla. Recordé la fulgurante aparición de Nuria Gallardo en El pato silvestre. Rubén no sale de escena en ningún momento. Tiene la responsabilidad de narrar al público lo que va a pasar, de apoyar a la estrella en todo el declive físico de su personaje, de mostrar las dudas y contradicciones de un hombre adolescente. Solamente con una interiorización intensa de Momó, se llega a su gran escena dramática, cuando es consciente de que se ha convertido en un hombre y de que Madame Rosa lleva camino de ser el pasado. No me cabe duda de que José María Pou ha debido trabajar muchas horas con el joven actor. Pero el resultado es espléndido.

La comedia llega, además, suficientemente rodada así que todos la dominan y controlan la representación. La vida por delante sería una excelente metáfora aplicable a la nueva etapa de este viejo teatro madrileño.
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